Hay quien lleva años esperando a que Bad Gyal madure, cambie de registro o pida perdón por ser quien es. Mala noticia para esa gente: Alba Farelo acaba de llenar tres noches el Palau Sant Jordi y no tiene la menor intención de ser otra cosa. A sus 29 años sigue cantando sobre deseo, poder y control con la misma convicción que cuando empezó en 2016, solo que ahora lo hace delante de 17.000 personas, con doce bailarines y una producción que le planta cara a cualquier gira internacional. Si alguien tenía dudas sobre si Bad Gyal da para recintos grandes, este viernes las ha enterrado.
Lo primero que impacta es el ritmo. Treinta y seis canciones en hora y tres cuartos, prácticamente sin pausas, con una secuenciación que no te deja aterrizar entre un tema y el siguiente. Eso no lo sostiene cualquiera, y menos con un repertorio que exige presencia física constante. Farelo no se esconde detrás de interludios ni de vídeos de relleno: está ahí arriba de principio a fin, moviéndose de un extremo a otro del escenario como quien pasea por su salón. Y cuando para, es para dejarte claro que con una mirada basta.
Porque esa es la gracia de Bad Gyal y lo que sus detractores siguen sin entender: su fuerza no está en el virtuosismo vocal ni en la coreografía milimetrada, sino en una presencia escénica que convierte cada gesto en un acto de autoridad. Farelo se planta, mira al público y el Palau se viene abajo. Es la vedete clásica pasada por el filtro urbano, una tipa que ha entendido que el espectáculo no va de demostrar lo que sabes hacer, sino de hacer que la gente no pueda dejar de mirarte. Y en eso, ahora mismo, no le tose nadie en este país.
La apuesta por el material nuevo es valiente: dieciséis de los treinta y seis temas son de Más cara, y lejos de lastrar el show, le dan una capa que no tenía. La apertura con ‘Un cora y ya :)’ marca el tono con una cadencia r’n’b que enseña un registro más sedoso, casi íntimo, antes de que todo explote. ‘Noticia de ayer’ es un cruce de house y merengue que en directo suena a bomba de relojería. Y ‘Da me’, con ese reguetón suave que es ya marca de la casa, demuestra que Farelo sabe escribir estribillos que se te quedan pegados durante días. El disco nuevo suena a lo de siempre pero con la producción subida tres pisos, y en vivo eso se nota.
La puesta en escena juega con una estructura que ocupa todo el escenario y sube y baja para descubrir distintos ambientes: una lámpara dorada, sofás largos, un espacio que evoca el club de lujo que el disco promete. Los doce bailarines —mitad hombres, mitad mujeres— no son decorado: son parte esencial del show, con números grupales que tienen una intensidad física brutal y momentos de lucimiento individual que arrancan ovaciones por sí solos. El trabajo de cámaras añade otra capa, creando planos pensados para las pantallas que convierten ciertos momentos en pequeñas piezas audiovisuales dentro del propio concierto.
Hay algo que los críticos suelen pasar por alto cuando hablan de Bad Gyal: la conexión con su público. El Palau este viernes era una masa enorme, jovencísima, mayoritariamente femenina, que se sabía cada letra y que respondía a cada movimiento de Farelo como si fuera un código compartido. Cuando hace del movimiento de nalgas una declaración de intenciones, el público ruge. Cuando resignifica “zorra” y la convierte en bandera, el público ruge más fuerte. Eso no se fabrica, eso se construye durante años, y Farelo lo tiene ganado a pulso.
El recorrido del setlist está pensado con cabeza: las secuencias latinas con la recuperada ‘Qué rico’, el cruce con el rap en ‘Perro’, los reguetones románticos de ‘Última noche’ y ‘La iniciativa’, la cuña casi de balada de ‘De to’. La aparición de 8belial del colectivo Disobey le mete gasolina a ‘Tic tac’ y repite en ‘Orilla’ con buen pulso. Y cuando llegan los clásicos del catálogo —’Comernos’, ‘Otra vez más’, ‘Chulo pt 2’—, el Palau ya no es un recinto: es una olla a presión.
Pero el cierre es lo que te llevas a casa. Farelo remata con la santísima trinidad de sus directos: ‘Perdió este culo’, ‘Lo que no se mueva’ y una ‘Fiebre’ final que defiende sola en escena, sin bailarines, sin atrezo, sin nada más que ella y su presencia. Y funciona. Funciona porque a estas alturas Bad Gyal no necesita nada más para llenarte los ojos.
Que siga cantando al deseo, al cuerpo y al poder todo lo que le dé la gana. Mientras lo haga así, el Palau Sant Jordi se le va a quedar pequeño.

