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Cultura pop

Emily Wilson y el arte de traducir a Homero sin traicionarlo

La traductora de la Odisea y la Ilíada más aclamada en inglés reflexiona sobre los retos y placeres de verter los clásicos.

Emily Wilson y el arte de traducir a Homero sin traicionarlo
La traductora de la Odisea y la Ilíada más aclamada en inglés reflexiona sobre los retos y placeres de verter los clásicos.

Emily Wilson es hoy la referencia en lengua inglesa para leer a Homero. Sus traducciones de la Odisea (2017) y la Ilíada (2023) se han convertido en versiones canónicas, elogiadas por su concisión y fluidez. Su fascinación por el poeta griego arrancó a los ocho años, cuando su colegio montó una representación de la Odisea y ella interpretó a Atenea. La chispa, según ella misma confiesa, nunca se ha apagado.

Su nuevo libro reúne una serie de ensayos sobre los desafíos de la traducción y las satisfacciones que depara la lectura de los clásicos. Wilson se mueve con soltura entre Esquilo, Demóstenes, Catulo y Aristófanes, pero también entre Spike Lee, Erica Jong o los Jeeves de P.G. Wodehouse —último eslabón de los criados pícaros de la comedia romana—. No se olvida de Boris Johnson, al que describe como «un borracho incompetente» que consiguió pasar por intelectual «gracias a su capacidad de papagayear unas pocas frases manoseadas de griego homérico». Tampoco le da un pase a los millonarios de Silicon Valley por adoptar el estoicismo en «versión rebajada».

Uno de los capítulos más sugerentes se dedica a Safo. El problema principal es que apenas sobrevive una fracción de su poesía: reconstruir su obra, escribe Wilson, «es como intentar imaginar un tiranosaurio rex entero a partir de una sola garra». Admira la versión de Anne Carson, que califica de «arte de actuación sobre la página», aunque le reprocha que despoje a la poeta de su deseo homosexual. Wilson tampoco acepta sin más la idea de que los poetas varones —Baudelaire, Tennyson, Swinburne— «violen metafóricamente a Safo mientras las poetas mujeres cantan con ella». Por encima de todo, los poemas de Safo «subrayan el aislamiento del individuo» y muestran «lo que significa estar excluida y sola».

Wilson se autodefine, a medias en broma, como una pedante, y cuando algún traductor no da la talla o un crítico yerra el tiro, no escatima adjetivos: soso, aburrido, sentimental, melodramático, arcaizante, absurdo. La versión del Agamenón de Robert Browning le parece «posiblemente más difícil de entender que el griego original». A Edith Hamilton, la maestra retirada que popularizó los clásicos en Estados Unidos, le acusa de racismo por «rehacer la antigua Grecia a imagen de unos Estados Unidos idealizados». Hasta el brillante Peter Green resulta «curiosamente rígido» en ocasiones. En cuanto a los «clasicistas de salón» que pontifican en televisión y prensa, los tacha de guardianes elitistas del canon.

Ese elitismo es precisamente lo que Wilson quiere desmontar. De ahí la calidez con que escribe sobre la versión homérica del poeta Christopher Logue en su War Music. Logue venía de un entorno humilde, fue sometido a consejo de guerra, encarcelado por robo y nunca pisó la universidad. Tampoco sabía griego. Pero su Ilíada, «gran latrocinio» y «extraordinario golpe» que es, merece celebración: su ritmo jazzístico y su amor por el detalle disipan los prejuicios hacia el clásico como reliquia polvorienta. Wilson le pone algún pero —sus símiles modernizadores a veces se pasan de la raya— pero le reconoce el mérito.

El ensayo más extenso del libro examina cómo traducir la Odisea, comparando sus decisiones con las de sus predecesores. Un ejemplo iluminador: las Sirenas. En el imaginario contemporáneo son sirenas sensuales cuyo poder es sexual. Pero las Sirenas de Homero no son eróticas; son «cognitivamente tentadoras», pájaras-mujeres cuya seducción es la promesa de conocimiento. Por eso Wilson prefiere «bocas» a «labios»: no son besables, sino peligrosas.

Otro dilema célebre: cómo traducir polytropos, el adjetivo que describe a Odiseo en el primer verso. Versiones anteriores lo han convertido en «ingenioso», «hábil en todas las artes» o «el hombre de los mil rodeos». Wilson eligió «complicado», una opción que ella misma reconoce que puede sonar chocante y que estuvo a punto de abandonar cuando topó con la frase «es un hombre complicado» en el tema de Isaac Hayes para la película Shaft. Al final se mantuvo firme y dedica diez páginas a justificar la decisión.

El libro cierra con un epílogo en forma de manifiesto: veinte reglas para traducir. La esencia: «Si el original te hace reír, llorar, emocionarte, sentir escalofríos, confundirte, aburrirte o hechizarte, la traducción debe intentar provocar esos mismos efectos.» Y un consejo final que vale para cualquier disciplina creativa: «No te rindas demasiado pronto. Siempre hay otra manera de decirlo.»

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