Ha vuelto. Tony Blair, el hombre de la sonrisa perenne y el legado controvertido, reaparece con un nuevo texto en el que, sin despeinarse, se autoproclama el mejor primer ministro que ha tenido el Reino Unido. Su argumento principal: ganó tres elecciones generales al frente del Partido Laborista en trece años, algo que ningún otro político de esa formación ha conseguido. Y no pierde ocasión de recordarlo.
El ex primer ministro arranca reconociendo que ha estado demasiado tiempo en silencio, como si el país hubiese andado a la deriva sin su orientación. Se presenta como un guía espiritual dispuesto a iluminar los «pequeños mundos tristes» de la ciudadanía. La modestia, desde luego, no es el rasgo más llamativo de la obra.
Sobre el actual líder laborista, Keir Starmer, Blair tiene una opinión ambivalente: no cree que deba ser sustituido porque, según él, nadie está mejor situado que Starmer para perder las próximas elecciones. Una forma bastante particular de mostrar apoyo a tu partido. También tiene tiempo para mencionar a Wes Streeting —«un político muy talentoso» que en 1997 habría sido «un prometedor secretario parlamentario privado júnior»— y para Andy Burnham, a quien despacha con un escueto «está bien, supongo».
La propuesta ideológica de Blair pasa por reinventar el laborismo en lo que llama el «centro radical», que viene a ser el centroderecha o, directamente, el Partido Conservador. El ex primer ministro defiende eliminar derechos laborales, recortar el gasto en prestaciones sociales, repensar las pensiones y abandonar los objetivos de reducción de emisiones. «El cambio climático es la última década», escribe, mientras sugiere que la ciudadanía simplemente se acostumbre a las temperaturas propias del África subsahariana en mayo a cambio de combustibles fósiles baratos.
En política exterior, Blair se muestra entusiasta con Donald Trump, a quien define como un gran tipo «cuando se le conoce» y al que sitúa entre los mejores presidentes de la historia reciente de Estados Unidos. Critica con dureza a Starmer por no sumarse a los bombardeos sobre Irán junto a Washington, porque en su opinión nunca puede ser un error acompañar militarmente a Estados Unidos. Las armas de destrucción masiva de Iraq, por cierto, siguen sin aparecer, aunque Blair insiste en que «tienen que haber existido».
También dedica varios párrafos a Europa. Su solución para la relación post-Brexit no pasa por renegociar nada, sino por esperar a que el Reino Unido se convierta en una potencia tan superior a la Unión Europea que sea Bruselas quien venga a pedir unirse a Londres. Mientras tanto, la clave del crecimiento económico estaría en la desregulación y en la inteligencia artificial, aunque admite que no sabe exactamente para qué sirve esta última, salvo para que sus amigos del mundo tecnológico ganen mucho dinero.
El texto concluye con una llamada al protagonismo personal. Blair no se ve como un hombre del pasado, sino como alguien que «responde a la llamada» de un país que lo necesita. Su diagnóstico final es que para que el Partido Laborista gane, debe convertirse en el Partido Conservador. Una tesis que, según él mismo reconoce, podría firmar perfectamente la líder tory Kemi Badenoch. La autoconsciencia, al menos, aparece fugazmente al final.