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Cultura pop

Las casas de Kerala diseñadas para el cuerpo de la mujer

Las tharavad de Kerala, viviendas matrilineales con salas para el parto y la menstruación, revelan qué ocurre cuando la arquitectura se construye para las mujeres.

Las casas de Kerala diseñadas para el cuerpo de la mujer
Las tharavad de Kerala, viviendas matrilineales con salas para el parto y la menstruación, revelan qué ocurre cuando la arquitectura se construye para las mujeres.

Una conversación casual con un familiar lejano condujo a la escritora e investigadora Megha Mohan hasta Palayil, el nombre de su tharavad ancestral. El término designa un tipo de vivienda diseñada en torno a las mujeres, arraigada en la comunidad Nair del estado indio de Kerala, un grupo de casta matrilineal con siglos de historia. La tharavad familiar de Mohan había existido, de alguna forma, desde al menos el siglo XVII, y su bisabuela, Palayil Sreedevi, fue la última mujer de su linaje en habitarla.

Los hombres Nair abandonaban el hogar a los doce años para entrenarse como soldados al servicio de la familia real de Travancore. Cuando regresaban, dormían en dependencias exteriores, satélites de la tharavad de las mujeres. La arquitectura no era un accidente: era un reflejo del orden social.

Cuando Mohan fue a buscar Palayil en 2024, encontró únicamente una caseta de guarda, un santuario de serpientes, una antigua verja y los vecinos que aún la recordaban. El edificio había sido demolido más de una década antes, mientras el sistema matrilineal que lo sostenía se deshacía por leyes escritas por hombres. Sin embargo, la gramática de aquellos espacios —las habitaciones, los recorridos, los cuerpos para los que fueron construidos— sobrevive en otras tharavad repartidas por Kerala.

La estructura típica recibía el nombre de nalukettu, que significa «cuatro esquinas»: un edificio rectangular de madera de teca y jaca que se abría a un patio central sin techo llamado nadumuttam. No eran simplemente casas en las que vivían mujeres. Eran casas concebidas en torno al cuerpo femenino: sus ciclos, sus partos, su duelo, su deseo y su voz.

Aunque los carpinteros maestros que las construían eran hombres, el encargo lo fijaban las mujeres. Una tharavad que sobrevive a unos veinte minutos de Tholanur, llamada Kandath, funciona hoy como casa rural. Su custodio, Sudevan Bhagwaldas, mostró a Mohan las purathalams: plataformas elevadas y acolchadas enfrentadas a lo largo del patio, una para los hombres y otra para las mujeres. «Está diseñado», explicó Bhagwaldas, «de forma que, acústicamente, ninguna palabra pronunciada por las mujeres puede ser escuchada por los hombres, ni al revés, aunque grites». La arquitectura no solo protegía los cuerpos; protegía las conversaciones.

La cocina se situaba al noreste, aprovechando que los vientos del monzón en Kerala soplan del suroeste, de modo que el calor se alejaba del resto de la casa. Los dormitorios de las mujeres, al oeste, quedaban así a salvo del calor de la cocina. Junto a ellos había estancias más pequeñas: una para el parto y otra para la menstruación. En una tharavad restaurada como parte del Proyecto Patrimonial de Muziris, el plano arquitectónico identifica ese espacio con la etiqueta «Corredor con habitaciones para mujeres menstruantes y embarazadas».

En gran parte del sur de Asia, la «cabaña del período» ha funcionado como instrumento de destierro. La práctica hindú del chaupadi trata a la mujer menstruante como impura. Pero en Palayil, según recuerdan parientes de Mohan, esa habitación era un espacio de descanso: la mujer era atendida por las demás, eximida de tareas domésticas, no considerada contaminada ni exiliada. Su cuerpo era anticipado y acogido.

La bisabuela de Mohan, Palayil Kalyani, guardaba las llaves de la puerta principal y del almacén donde se custodiaban las joyas. Su nombre figuraba en las escrituras. Su bendición era necesaria antes de cualquier acuerdo comercial, matrimonio o bautizo. Antes de la Primera Guerra Mundial, encargó sustituir el techo de hojas de coco secas por tejas de arcilla, modernizando la estructura que protegía a su linaje.

Varias comunidades Nair practicaban una forma de unión llamada sambadhanam, del sánscrito sama (igual) y bandham (unión): una alianza flexible que cualquiera de las dos partes podía disolver. La mujer no se mudaba a casa del marido; era él quien acudía a la de ella, y podía ser invitado a marcharse. Una chuttu veranda, una galería exterior iluminada por lámparas de latón, facilitaba de forma discreta esas visitas. La práctica terminó en el siglo XIX, pero la arquitectura conserva el recuerdo de esa posibilidad.

La propia investigadora advierte contra la idealización: las tharavad eran estructuras de casta. Mientras las mujeres Nair, mayoritariamente alfabetizadas, leían en el patio, mujeres de castas inferiores trabajaban en los campos bajo condiciones de semiesclavitud. La familia paterna de Mohan, de casta inferior, no habría sido bienvenida en Palayil. Una casa para los cuerpos de las mujeres, sí, pero no para todas las mujeres.

El sistema desapareció a principios del siglo XX, eliminado por leyes que desmantelaron la herencia femenina y prohibieron el sambadhanam. Palayil Kalyani construyó una casa para sus hijas. Las paredes cayeron. Pero la lección permaneció: conserva tu refugio, conserva tu independencia, conserva la llave.

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