Cuando Barack Obama aparece en pantalla, el efecto es casi pavloviano: uno se cuadra, sonríe y presta atención. El expresidente abre Life, Larry and the Pursuit of Unhappiness: an Almost History of America —producida por la compañía que él y Michelle Obama tienen en marcha, Higher Ground Productions— y lo hace con un sentido del ritmo cómico tan impecable que uno casi olvida lo que viene después. Ojalá hubiera sido una advertencia.
Porque lo que viene después es, sin rodeos, un desastre televisivo de siete episodios de media hora cada uno. El formato es sencillo: Larry David, el Larry David de Curb Your Enthusiasm, interpreta a Larry David haciendo sus cosas de Curb Your Enthusiasm, pero en traje de época. La diferencia entre eso y lo que conocemos y queremos de él resulta ser enorme, y no para bien.
El primer episodio lo sitúa en el Congreso Continental, con peluca empolvada, intentando redactar su propia versión de la Declaración de Independencia antes que Jefferson. Sus prioridades incluyen prohibir compartir paraguas, compartir postres o desear feliz año nuevo a alguien después del 7 de enero. También reivindica el derecho a saber quién más estará invitado antes de aceptar una cena. Reconocible, sí. Visto antes, también.
El problema no es que Larry David sea Larry David, algo con lo que sus fans pueden vivir perfectamente. El problema es que sus mejores armas —esa capacidad quirúrgica para diseccionar las cobardías y miserias del ser humano hasta dejarnos retorciéndonos de incomodidad— apenas asoman. Lo que hay en su lugar es mucho gritar en disfraz y chistes que ya se sabían de memoria.
Los sketches se suceden sin mucha gracia: la primera llamada telefónica entre Alexander Graham Bell y su asistente Watson (incómoda, tediosa, sin remate), un episodio sobre las audiencias de McCarthy que se alarga casi tanto como los propios juicios, Larry como el tercer hermano Wright protestando por tener que ocupar el asiento del medio en su primer vuelo, o Larry en las trincheras de la Primera Guerra Mundial fingiendo que le disparan para no tener que entregar una carta.
Hay un par de sketches que tocan el racismo —uno sitúa a Larry junto a Rosa Parks en el autobús, aburriéndola hasta el fondo; otro lo pone como anfitrión de la ruta subterránea de esclavos escapados que se niegan a ayudar en las tareas domésticas— y ambos fallan en doble sentido: esquivan el golpe cuando deberían darlo y lo dan donde no deben. El resultado es incómodo, pero no de la manera productiva que caracteriza al mejor David.
Hay, eso sí, un instante fugaz que recuerda al genio en estado puro: cuando Larry el Pesado le pregunta a Rosa Parks si preferiría que la atracaran un hombre negro o uno blanco, añadiendo un «interesante, sociológicamente hablando». En esa sola línea está destilado todo lo que hace grande a Larry David. Que sea el único momento así en toda la serie dice mucho.
El sketch con Jerry Seinfeld como estrella invitada —en el que Lewis y Clark se lanzan a su expedición básicamente para escapar de sus esposas— termina de confirmar que la serie vive demasiado de las rentas de la nostalgia y de la fe ciega de los fans. Una combinación que, en el mejor de los casos, se parece peligrosamente a la caridad.
Vale la pena ver la introducción de Obama, eso sí. Y llorar en silencio.