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Cultura pop

Anish Kapoor llena el Hayward de sangre, vísceras y arte colosal

La nueva exposición de Anish Kapoor en el Hayward de Londres es un festín visceral que mezcla ilusiones ópticas, montañas invertidas y arte empapado en sangre.

Anish Kapoor llena el Hayward de sangre, vísceras y arte colosal
La nueva exposición de Anish Kapoor en el Hayward de Londres es un festín visceral que mezcla ilusiones ópticas, montañas invertidas y arte empapado en sangre.

Hay exposiciones que se contemplan y exposiciones que se padecen. La nueva muestra de Anish Kapoor en el Hayward Gallery de Londres pertenece claramente a la segunda categoría. Sangre, vísceras, abismos ópticos y montañas que cuelgan del techo componen un recorrido que oscila entre el asombro y la náusea, y que no deja indiferente a nadie.

La cosa empieza con tres obras tituladas Plastic Sacrifice I, II, III: pinturas —si es que podemos llamarlas así— cubiertas con una lámina de PVC transparente de aspecto quirúrgico que envuelve entrañas tridimensionales en tonos púrpura y carmesí. El conjunto tiene algo de arte de asesino en serie, aunque no resulta más perturbador que el célebre Buey desollado de Rembrandt. Kapoor, como los grandes maestros del pasado, habla de Dios y de la muerte. Lo hace a su manera: sin sutilezas.

El recorrido está lleno de trampas para los sentidos. Una sala entera se dedica a jugar con la percepción: cuadros negros que parecen portales hacia el vacío y que, según el ángulo desde el que se miren, revelan o esconden su superficie. Parte de este juego se debe a sus experimentos con el Vantablack, el nanomaterial que absorbe prácticamente toda la luz. Esferas y cuchillas sobresalen de los lienzos, pero si te colocas frente a ellas desaparecen por completo, engullidas por ese negro imposible.

El punto álgido llega con Mount Moriah at the Gate of the Ghetto: una montaña colosal que cuelga invertida del techo, pintada con gruesas capas de rojo y negro que evocan tanto la geología como el cuerpo humano. La referencia es el monte Moriah, el lugar donde Dios ordenó a Abraham que sacrificara a su hijo Isaac. Aquí no hay ángel que detenga la mano. La masa suspendida sobre el espectador genera una sensación física de peligro que pocas obras consiguen en una galería de arte contemporáneo.

Junto a esa montaña aparece un hinchable rojo de PVC que en principio parece un chiste enorme —y literalmente lo es, en tamaño— pero que, visto desde el otro lado, junto a la roca colgante, adopta formas orgánicas que recuerdan a bolsas gigantes de sangre. Lo cómico se convierte en monstruoso sin previo aviso.

Más adelante, Ha Makom («El Lugar») presenta otro paisaje montañoso colosal, este ya en vertical, con protuberancias de piedra falsa cubiertas de pigmento rojo pulsante y un portal oscuro en el centro. Una puerta hacia lo oculto que aquí, a diferencia de los vacíos negros anteriores, parece representar algo concreto: lo divino.

El final del recorrido es el más perturbador. Formas que semejan dioses presiden bandejas metálicas gigantes repletas de cuerpos y fragmentos corporales ensangrentados, con vísceras purpúreas desbordándose por canales. La atmósfera remite al mundo del sacrificio humano azteca. Y sin embargo, los cuadros que rodean esta escena tienen una belleza inesperada: lluvias y rectángulos de oro emergen de planos de color como en la Danaë de Tiziano. El conjunto se titula Ritual Expiation: en toda esa violencia, sugiere Kapoor, puede encontrarse la paz.

El arte no tiene por qué ser racional ni explicable. La tesis de Kapoor —que la religión nace del sacrificio, que la sangre y el espíritu son lo mismo— puede parecer extravagante o incluso absurda, pero produce una experiencia que sacude, aterra y deja sin palabras. En un momento en que tanto arte contemporáneo se conforma con gestos pequeños y asépticos, Kapoor empapa el Hayward con las entrañas de una imaginación sin cortapisas.

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