Linda Perry nunca imaginó lo que estaba poniendo en marcha cuando dejó que el director Don Hardy entrase con su cámara en su estudio. Perry, cantante, productora y compositora de éxitos para artistas como Christina Aguilera, Pink, Courtney Love o Gwen Stefani, había trabajado con Hardy en un proyecto anterior y pensó que, en el peor de los casos, tendría algo de material para su Instagram. «Simplemente empezó a aparecer por aquí y pronto me olvidé de que estaba», recuerda.
Unas semanas después, Hardy le mostró treinta minutos de metraje editado y le comunicó que creía tener entre manos un documental extraordinario. Perry le dio carta blanca con una única condición: no contarle nada del proceso. «Si yo lo dije o lo hice, lo voy a sostener», le respondió. Lo que vino después superó cualquier previsión.
A finales de 2022, Perry recibió un diagnóstico de cáncer de mama y a principios del año siguiente se sometió a una doble mastectomía. El documental, titulado Linda Perry: Let It Die Here, la muestra apenas una semana después de la operación, caminando con cautela hacia su estudio con dos drenajes quirúrgicos que ella misma bautiza como «granadas de sangre», decidida a seguir trabajando en una banda sonora. La vida, sin embargo, no iba a darle tregua.
Mientras se recuperaba, su madre —quien la maltrató física y psicológicamente durante su infancia— enfermó y falleció tres meses más tarde. Perry la acogió en su casa para sus últimos meses, colocando una cama junto a la suya. «Siempre habíamos temido ese momento porque íbamos a pasarlo fatal», reconoce con una honestidad brutal. «Es terrible decirlo, pero también es hermoso: el mejor regalo que me hizo mi madre fue una muerte tranquila».
Perry saltó a la fama a principios de los noventa como vocalista de 4 Non Blondes, la banda queer que arrasó con el himno What’s Up, un tema del que, paradójicamente, le negaron el crédito como productora al inicio de su carrera. Aquello no se repitió. Con el tiempo construyó una carrera en la sombra escribiendo canciones para otros, pero ahora vuelve a situarse en el centro del escenario.
La primavera pasada reunió a 4 Non Blondes para actuar en el festival BottleRock en Napa Valley. Su condición fue no tocar casi ningún tema de su único álbum, Bigger, Better, Faster, More!, y estrenar material nuevo. «Escribí un álbum entero basado en lo que me gustaría escuchar si fuera a un festival», explica. Ese disco llegará a principios del próximo año. Además, acaba de publicar su tercer trabajo en solitario, también llamado Let It Die Here, el primero en 27 años, un disco visceral sobre la muerte de su madre y las emociones contradictorias que desenterró.
El documental no es una hagiografía rockera al uso. Tiene la intimidad de un diario en vídeo y muestra a Perry en sus momentos más vulnerables: componiendo junto a Dolly Parton y Kate Hudson, participando en el festival South By Southwest con EqualizeHer —una organización que cofundó para promover la igualdad de género en la industria musical—, o enfrentándose a lo que parece una crisis de identidad artística.
Hay una escena especialmente impactante en la que Perry, durante una sesión de fotos en el desierto californiano, harta del viento, se abre la camisa ante la cámara para mostrar sus cicatrices quirúrgicas. «Fue un impulso, un momento de ‘a la mierda todo’», admite. «No sabía que iba a hacerlo, pero después me sentí poderosa».
También hay un momento en el que la vemos bailar torpemente en su armario con una canción de Supertramp, que acaba en llanto desconsolado. «Me bloqueé por completo», confiesa. «Cuando vi la película después, pensé: ‘¿Qué demonios?’. Casi no lo recuerdo».
Perry reconoce sin reparos que es adicta al trabajo. Dirige un sello discográfico, gestiona artistas, compone para otros y milita por la equidad de género en la música. Hace poco se tomó un mes de descanso por primera vez en años. «Me di cuenta de que soy muy torpe cuando no hago nada», dice. «La música es mi terapia. Es donde me siento segura».