Más allá de las lentejuelas, las plumas y los míticos pantalones dorados, la historia de Kylie Minogue es la de una mujer que ha vendido más de 80 millones de discos, ha firmado dos de los mejores temas del pop de todos los tiempos —Can’t Get You Out of My Head y Padam Padam, no hace falta aclararlo— y ha sobrevivido a todo lo que la industria musical y la vida le han ido poniendo por delante. Netflix acaba de estrenar Kylie, un documental en tres episodios dirigido por Michael Harte —también editor del Beckham de la misma plataforma— que arranca como un repaso estándar a su carrera y termina rompiéndote por completo.
El golpe llega en los últimos diez minutos. Es 2023, un momento de euforia absoluta tras el lanzamiento de Padam Padam, primer single de su decimosexto álbum, Tension. Entonces aparece en pantalla la frase «One More Thing» sobre fondo negro. Corte a Kylie en el estudio, grabando canciones con su equipo habitual de compositores británicos. «Hay una canción que se llama Story…», le dice a la cámara. Kylie, conocida por su absoluta discreción, se quiebra. Su colaborador musical durante más de 25 años, Richard «Biff» Stannard, le coge la mano. Y ella, entre lágrimas, confiesa lo que esa canción esconde: un segundo diagnóstico de cáncer, a principios de 2021.
«Fui capaz de guardármelo para mí y atravesar ese año», explica. «No como la primera vez. He intentado encontrar el momento adecuado para decirlo. No me siento obligada a contárselo al mundo, y simplemente no podía en ese momento porque era solo una cáscara de persona… Por suerte, lo superé. Otra vez.» Es un momento genuinamente en carne viva, sin filtros, sin gestión de imagen. Algo poco habitual en los documentales sobre estrellas del pop, que suelen ser ejercicios de relaciones públicas disfrazados de intimidad.
El episodio que aborda el primer diagnóstico de cáncer —en 2005, cuando Kylie tenía 36 años— es igualmente duro. Se habla del llamado «efecto Kylie», ese repunte masivo en las reservas de mamografías que se produjo tras hacerse pública la noticia, pero también de la devastación familiar, el acoso de la prensa y el dolor de no haber podido tener hijos. Kylie cuenta que llegó a posponer la quimioterapia para someterse a un tratamiento de fecundación in vitro. Su hermana Dannii Minogue, presente a lo largo de todo el documental, recuerda el miedo a que «nunca volviera a estar bien». La familia Minogue aparece unida y, al mismo tiempo, claramente incómoda ante las cámaras. «Nunca habíamos hecho algo así», admite Kylie en una de las conversaciones nocturnas alrededor de una hoguera. «No da tanto miedo como pensaba.» «Creo que es porque estamos a oscuras», responde su madre, fuera de plano.
El primer episodio, que arranca con el viaje de Kylie a Londres en 1987 para grabar su primer single, resulta algo más convencional. Pete Waterman reconoce que no tenía ni idea de quién era «la pequeña antipodea que esperaba en recepción para grabar un disco». I Should Be So Lucky se grabó en cuarenta minutos según Kylie; en dos horas, según Waterman. Jason Donovan recuerda con humor y cierta frustración cómo los taxistas le preguntaban constantemente por su entonces pareja. Y Michael Hutchence, por quien Kylie dejó a Donovan, ocupa un lugar central y muy emotivo en el relato.
Pero la revelación que más sorprende llega con Nick Cave. Los dos grabaron juntos a mediados de los noventa la sublime Where the Wild Roses Grow, y fue él quien empujó a Kylie a abandonar sus fallidos intentos de reinventarse como artista indie y abrazar de nuevo el pop. «Tienes al tío más cool del planeta diciéndote: ‘¿Dónde están los temas pop?’», recuerda Kylie entre risas. «¡Pues vamos a ponernos los jetpacks y a volver a la pista de baile!» Lo que vino después fue Spinning Around, uno de los grandes comebacks de la historia del pop. Cave, el príncipe de la oscuridad del rock, fue quien inspiró a la princesa del pop a volver a serlo. Difícil superar eso.