Si algún año necesitaba una banda sonora de caos femenino y descontrol reivindicado, ese es 2026. En medio de guerras, crisis climática e inteligencia artificial, a las mujeres se les sigue exigiendo encarnar el orden y la perfección. Delgadas, guapas y eternamente jóvenes. Un puñado de artistas pop está diciéndole adiós a todo eso con una mezcla de estampado de leopardo, rhinestones y letras sin ningún pudor.
La etiqueta que aglutina este fenómeno es el trash pop: electrónica maximalistaagresiva, vocales influidas por el rap, guitarras sucias y sintetizadores saturados. Entre sus figuras más representativas están Slayyyter, Kesha, Kim Petras, la sueca Cobrah, Demi Lovato, Tove Lo y Tatiana Schwaninger de Snow Strippers. También aparecen nombres emergentes como la londinense Amara ctk100, cuyo reciente single Thong celebra un estilo de vida de apariencias y mentiras piadosas.
Tove Lo, de 38 años, lo explica con claridad: «Cuanto mayor me hago, más intensa se vuelve la presión de ser una ‘buena mujer’, y ese molde me parece aburridísimo. Hay una confianza enorme en no hacer todo perfectamente». En su single I’m Your Girl Right, adelanto de su álbum Estrus, la artista sueca no deja dudas sobre la dirección que ha tomado.
El movimiento tiene raíces históricas claras. Hace más de dos décadas, el electroclash de Peaches o las provocaciones de Princess Superstar —cuyo single Perfect de 2005 experimentó un revival gracias a Saltburn— ya apuntaban en esa dirección. La escena de fiestas de Hollywood a mediados de los 2000, con figuras como Paris Hilton, Heidi Montag o Erika Jayne de The Real Housewives of Beverly Hills, se consideraba entonces de pésimo gusto. Ahora esas canciones se reivindican como textos fundacionales del género.
El impulso más reciente llegó con Charli xcx y su álbum Brat, que en 2024 abrió la puerta cultural por la que el trash pop se ha colado. «Charli es una instigadora, no una reactora», apunta Tove Lo. «Su sonido es tan contagioso que es imposible que no se filtre en todo lo nuevo.» El productor de Slayyyter, Kyle Shearer, lo resume así: «Toca la fibra del zeitgeist. Funciona, sienta bien».
Slayyyter, que lleva desde 2018 trabajando este sonido, encontró su gran momento con Wor$t Girl in America, su tercer álbum, que cambió el glamour de Hollywood por pantalones vaqueros cortos y gorras de camionero. Su actuación ante una multitud en Coachella este año la situó como una de las artistas más comentadas del pop estadounidense. «El pop a menudo recompensa lo que parece más auténtico para esa persona», señala Charlie Harding, copresentador del podcast Switched on Pop.
El movimiento tiene una deuda enorme con el público y los artistas LGBTQ+. Cobrah, cuyas canciones como Brand New Bitch o Good Puss persiguen subidones extremos, reconoce que al profundizar en su sexualidad en las letras «me he vuelto más yo misma. Lo opuesto a lo diluido: concentrada». Recientemente, Demi Lovato le pidió que colaborara en su nuevo tema Fantasy.
La crítica cultural Philippa Snow recuerda que todas las tendencias son performativas por naturaleza, y que estas artistas son, en el fondo, profesionales financieramente inteligentes. Pero hay algo más hondo que el simple deseo de pasarlo bien. «Los derechos de la gente les están siendo arrebatados», reflexiona Harding. «Las personas queer, las mujeres, todas merecen estar enfadadas. Esta música convierte la frustración en celebración y, con suerte, en algún tipo de acción.»
Tove Lo lo dice sin rodeos: «Dejar salir esa turbulencia interior y que campe a sus anchas es jodidamente catártico. Me alegra que muchas de nosotras lo estemos descubriendo».