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Música

The Strokes en Barcelona: la revolución del calambre sigue viva

Los neoyorquinos electrizaron el Sant Jordi en su único concierto en España con un set veloz, nervioso y repleto de clásicos.

The Strokes en Barcelona: la revolución del calambre sigue viva
Los neoyorquinos electrizaron el Sant Jordi en su único concierto en España con un set veloz, nervioso y repleto de clásicos.

Acordes secos y cortantes de guitarra. Tiralíneas a un volumen que garantiza futuros acúfenos. Bajos elásticos saltando entre golpes de batería. Melodías adhesivas y tarareables. Una voz que parece a punto de dimitir, entre desganada y apática, difuminando letras con ocasionales toques de autotune. The Strokes en estado puro. Más de veinte años después de su explosiva irrupción en el mundo del rock, su único concierto en España de la gira mundial dejó el Palau Sant Jordi completamente en pie.

Las entradas se agotaron en cuanto salieron a la venta. Ya no son la nueva sensación que viene a ponerlo todo patas arriba, pero en Barcelona lo parecieron. Público acalambrado desde el primer acorde. Gradas en pie de inicio a fin. Una gran noche de rock en la que las guitarras reinaron sin contemplaciones.

Entre el público había quienes tenían veinte años hace dos décadas, quienes tenían quince entonces, y también los de la edad del propio cantante: un Julian Casablancas que se desliza hacia los cincuenta. Nick Valensi, ausente en toda la gira, fue sustituido a la guitarra por el eficaz Steve Schiltz. El escenario, oscuro con rojos y lilas, eludía cualquier reconocimiento facial. Julian tampoco ayudó: gafas de sol con patillas blancas, gabardina larga y negra, pelín siniestra. Nikolai Fraiture se dejó ver con sudadera naranja, apoyado en un soporte de luces, bajo en ristre, pierna en ángulo, como en un callejón. Incluso habló. Y se movió por el escenario. Los demás, a exprimir sus instrumentos.

El repertorio varió, como casi cada noche de la gira. La simplicidad del montaje permite cambiar el guión sin ataduras. En Barcelona abrieron con Tyrants Of The Mellow Moon, y con ella prendió el incendio. La intensidad subió con Reptilia y sus guitarras persiguiéndose toda la noche, como el Coyote y el Correcaminos. Hard To Explain enterró la voz entre guitarras. Dine N’ Dash oscureció la cita en clave post-punk. Soma avivó el fuego. The Adults Are Talking hizo que el público reaccionara al instante. Heart In A Cage trenzó un punteo que fue creciendo sin parar, igual que el entusiasmo de las gradas.

«Hola, muchas grasias», se escuchó desde el escenario, sin autotune. La sala respondió con calor. Las canciones cortas llegaban como subidones. El garaje rock es veloz, y el tiempo pasó más rápido que la propia vida.

La segunda mitad de la noche la mandaron los éxitos de hace veinte años: seis temas del primer disco que siguen sonando como la primera vez. No faltaron canciones del último álbum, cinco en total, bien recibidas por el público. El bajista pidió ruido imitando a un rapero antes de que Someday moviera hasta al más escayolado. Last Nite, con esa alma negra a lo Tamla Motown, encendió los móviles del Sant Jordi pidiendo bises.

Cayó New York City Cops como primer bis. El recinto era una «enrampada» colectiva. Casablancas se desgañitó. Threat Of Joy acentuó la melodía. Ode To The Mets desató el tarareo melancólico. Y ya en el cierre definitivo, Selfless hizo que las parejas se miraran sonriendo en modo balada. Noventa minutos. Veinticinco años. La revolución pasó; los efectos perduran.

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