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Sónar 2025: tres días en los que Barcelona volvió a latir al ritmo del futuro

Llegamos a Sónar 2025 con la sensación de que esta no iba a ser una edición cualquiera. No lo fue. Tres días, diez escenarios, 117 actuaciones, 161.000 asistentes y un contexto que obligaba a mirar el festival con lupa: nunca antes una edición del Sónar había llegado tan cuestionada desde dentro de su propia comunidad, y nunca antes —pese a todo— el público había respondido con tanta contundencia. Cuando el sábado por la madrugada salimos del SonarClub con el cuerpo desarmado por Skrillex y los oídos todavía pitando con los graves de Eric Prydz, lo teníamos claro: el Sónar había vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer, que es funcionar como caja de resonancia de una época entera.

Una edición marcada por el contexto

No se puede contar este Sónar sin contar el ruido que lo precedió. La entrada del fondo de inversión KKR como accionista mayoritario de Superstruct Entertainment —matriz del festival desde 2018— y los vínculos de ese fondo con inversiones señaladas por organizaciones propalestinas desencadenaron una ola de cancelaciones que, según las cuentas oficiales del festival, superó la treintena de artistas, además de seis actividades en Sónar+D y seis expositores. La baja más sonada fue la de ARCA, que iba a ser uno de los grandes reclamos. La última, el mismo sábado por la mañana: Samantha Hudson, sustituida sobre la marcha por Niki Lauda.

El Sónar emitió un comunicado condenando “de forma clara e inequívoca” el genocidio contra el pueblo palestino, habilitó un canal de reembolsos para quienes no quisieran asistir y permitió la entrada con símbolos de apoyo a Palestina. Lo que ocurrió dentro del recinto, sin embargo, fue otra cosa: una reivindicación constante desde los escenarios. Maria Arnal y Tarta Relena pidiendo desde el micrófono la propiedad obrera de los espacios culturales; Sarra Wild proyectando en pantalla que boicotear al Sónar significaba también boicotear a la clase trabajadora del festival; banderas palestinas en cada esquina de la Fira. No hubo gesto oportunista, no hubo nadie capitalizando el dolor ajeno: hubo un festival incómodo consigo mismo, hablando de ello sin esconderse, y un público que respondió llenando cada pista. 161.000 personas frente a las 154.000 del año anterior. La controversia no vació nada; lo que hizo fue tensar la cuerda y dejar al Sónar mirándose al espejo.

El Palau como obertura

La semana arrancó como manda la tradición reciente: con un concierto inaugural en el Palau de la Música Catalana, esta vez articulado en torno a obras de Steve Reich y Raquel García-Tomás. Es un gesto que define al festival mejor que cualquier eslogan. Antes de los kilovatios, el modernismo y la cámara. Antes del techno, el minimalismo. El Sónar siempre ha sido, en el fondo, un festival de continuidades disfrazado de festival de rupturas.

Sónar de Día: el laboratorio sigue funcionando

La Fira Montjuïc volvió a ser durante tres tardes el corazón pensante del festival. Y, como en cada edición, lo más interesante no estuvo siempre en los nombres grandes. Estuvo en los cruces.

Chano Domínguez y Bronquio, en el espectáculo “Calle Barcelona”, acompañados por tres talentos del Taller de Músics, revisitaron a Paco de Lucía con una mezcla imposible de piano impecable, producción eufórica y duende. Salimos del SonarHall convencidos de que ese tipo de encuentros —los que solo el Sónar consigue propiciar— justifican por sí solos el precio del abono.

Yerai Cortés, después de la cancelación del año pasado, debutó por fin con su disco co-escrito junto a C. Tangana. La guitarra flamenca como vehículo emocional en un escenario tradicionalmente reservado al beat: una de esas decisiones de programación que demuestran por qué el Sónar sigue siendo el Sónar.

Mushka —Maria Farelo en casa— firmó uno de los momentos más alegres del festival. A treinta grados, con la xafogor barcelonesa apretando, montó un show donde cabían samba, bossa, reggaeton y la complicidad de invitadas como su hermana Greta, 31FAM o Flashy Ice Cream. Tiro de salida del verano mediterráneo, con todas las letras.

Maria Arnal presentó “Ama”, un espectáculo que mantiene el sello pop pero empuja hacia la fusión con otras disciplinas, y Tarta Relena volvió a recordar por qué son una de las propuestas más singulares de la península: dos voces y una idea muy clara de qué significa pertenecer a un territorio.

El homenaje a Ryuichi Sakamoto firmado por Alva Noto y Fennesz fue el momento de recogimiento del festival: una pieza concebida como elegía, casi sagrada, que transformó un escenario de baile en una capilla laica. Hubo silencios sostenidos que valían cualquier drop.

Y luego están los hallazgos. Anderson Do Paraíso vació prácticamente el antiguo SonarCar con su funk carioca oscuro y narcoléptico, pero quienes resistimos asistimos a un ejercicio de coherencia estética admirable. yaboihanoi —el tailandés Lamtharn Hantrakul— demostró que la electrónica de baile asiática no necesita pedir permiso para entrar por la puerta grande. Niño de Elche y Raül Refree llevaron al SonarHall una colaboración meditada sobre los opuestos: vida y muerte, dolor y alegría, ruido y silencio.

Sónar de Noche: la maquinaria a pleno rendimiento

La Fira Gran Via L’Hospitalet recibió cada noche a las 66.500 almas que decidieron quedarse hasta el amanecer. Y allí el festival desplegó toda su artillería.

Bicep, otra vez, con su show audiovisual “Chroma”. Los norirlandeses ya lo habían traído a Barcelona en el último MIRA, y la versión que vimos en SonarClub fue, lo decimos sin acritud, un poco más contenida en luces y pantalla. Pero el set en sí —techno propulsado, speed garage, ese tipo de demolición controlada que solo ellos saben firmar— sigue siendo de los más sólidos del circuito europeo.

Peggy Gou ocupó la hora climática del SonarClub y demostró por qué se ha convertido en una de las residencias casi obligatorias del festival. Detrás llegó Eric Prydz, que en su set replicó sensaciones ya conocidas pero volvió a recordarnos que cuando suena “Opus” el cuerpo no pregunta. Plastikman, en su primer espectáculo en una década, hizo lo que se esperaba de él: minimalismo riguroso, geometría visual y un público entregado al ritual.

El sábado fue, como casi siempre en el Sónar, el día grande. Nathy Peluso abrió la noche en SonarClub con la presentación en Barcelona de “GRASA” (2024) y firmó una de las actuaciones más comentadas del festival: salsa agitada, banda compactísima, presencia escénica de cabeza de cartel sin ninguna duda. Más tarde, en el mismo escenario, Skrillex b2b Blawan desplegaron una sociedad menos previsible de lo que parecía sobre el papel y bastante más feroz. Andrés Campo firmó un warm-up con sello Florida 135 y Monegros; Honey Dijon y Mochakk se ocuparon de los recordatorios clubbers de toda la noche.

Pero la sorpresa del sábado, contra todo pronóstico, vino del SonarPub: Polo & Pan dieron uno de los mejores conciertos del fin de semana. Banda completamente en directo, los visuales cálidos justos, la voz de Victoria Lafaurie cosiendo el set y un repertorio que pasó por la canción francesa, la psicodelia, el disco y los ritmos tropicales antes de cerrar con clásicos como “Canopée” o “Nanã”. Si los pillas en gira este verano, no los dejes pasar.

Mención especial para Ángel Molina, que inauguró la noche del viernes con una sesión que sirvió como recordatorio elegante: el techno de aquí, el de los lentos, también puede sostener un SonarClub a reventar.

Sónar+D: la otra columna vertebral

El congreso volvió a ser ese espacio raro y necesario que el Sónar lleva más de una década sosteniendo casi en solitario. Tres líneas temáticas: “AI + Creativity”, “Futuring the creative industries” y “Worlds to come”. Charlas, instalaciones, talleres y un Project Area donde el público podía interactuar con tecnología avanzada antes de pasar al baile. Vimos demostraciones como Quantum Live Music Coding —composición en directo con ordenadores cuánticos— y la pieza inmersiva Lux Mundi. La conversación dominante fue, inevitablemente, la inteligencia artificial: qué hacemos con ella, qué nos hace ella a nosotros, dónde queda la autoría. No salimos con respuestas. Salimos con mejores preguntas, que probablemente sea para lo que sirve este congreso.

Lo que dejó esta edición

Sónar 2025 quedará en la memoria como una edición tensionada y, a la vez, extrañamente reafirmante. Tensionada porque obligó al festival a posicionarse, a perder nombres y a hablar de su propia estructura financiera en un terreno en el que ningún festival se siente cómodo. Reafirmante porque demostró que la marca, la ciudad y la comunidad que ha construido en torno suyo siguen siendo capaces de absorber el golpe y, encima, crecer en asistencia.

El sonido, una vez más, fue de los mejores que se pueden escuchar en un festival europeo: nítido en cada lateral, con cuerpo en cada subgrave, sin huecos muertos. La logística entre Montjuïc y Gran Via funcionó. El Sónar Bus circuló sin colapsos importantes. El Boiler Room de Sónar —novedad de esta edición— consiguió ese formato de proximidad casi de cápsula que ha hecho icónica a la plataforma londinense, y el SonarLab x Printworks, con su pantalla vertical traslúcida, transformó la experiencia visual del recinto.

Y, por encima de todo, el ambiente. El Sónar sigue siendo —y esta es probablemente su victoria menos discutible— uno de los pocos festivales europeos donde se va a bailar y no a posar. Sin postureo, sin ego dominando la pista, con un público entregado que viene de cincuenta países distintos y aun así parece compartir un lenguaje común. Tres días son pocos para tanta cosa, pero da igual: a la salida del sábado, mirando hacia las luces todavía encendidas de la Fira, supimos que volveríamos.

Y lo que viene

El festival ha confirmado que Sónar 2026 se celebrará los días 18, 19 y 20 de junio con una novedad mayor: por primera vez en su historia, Sónar de Día, Sónar de Noche y Sónar+D compartirán un mismo espacio, la Fira Gran Via. Es un cambio de modelo de calado, que rompe con la tradición Montjuïc/L’Hospitalet que ha definido al festival durante años. Habrá que ver cómo se traduce eso en la experiencia. Pero, conociendo la casa, cabe esperar que la transición se haga con cabeza.

Por lo demás, lo de siempre: Barcelona en junio, las primeras noches calurosas del año, los reencuentros en los pasillos, las colas en la barra y esa sensación —difícil de explicar a quien no la ha vivido— de estar exactamente donde hay que estar. Hasta el año que viene.

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