La televisión ya había jugado antes con el experimento de la prisión de Stanford. En 2002, la BBC emitió The Experiment, que se anunciaba como una versión más rigurosa del ejercicio original de 1971, en el que voluntarios interpretaban a guardias y presos. El propio creador del experimento original, Philip Zimbardo, ya señaló entonces el problema fundamental: estas personas saben que están en televisión. Actúan para las cámaras.
Si los participantes de un estudio conductual llegan a olvidar que forman parte de él es un debate eterno en psicología. El experimento de Milgram, el otro gran estudio sobre la maldad humana, tenía la astucia de convertir el artificio en parte del proceso: se les decía a los voluntarios que arruinarían la ciencia si no seguían dando descargas eléctricas a desconocidos. Sin ese truco, los sujetos difícilmente se comportan con naturalidad. Si encima saben que participan en un programa de televisión, ya es imposible.
Los realities arrastran un problema de credibilidad similar: aunque un programa presuma de haber encontrado a gente corriente y haberla metido en tal o cual situación, la respuesta obvia es que esa gente no es corriente en absoluto. Se apuntó voluntariamente a un reality, que es precisamente lo que no hace la gente corriente.
Ambos problemas confluyen en The New Stanford Prison Experiment, la nueva apuesta de Netflix. La producción ha ocupado parte de un centro penitenciario real del condado de Georgia y ha llenado sus celdas con 30 personas divididas en dos grupos: ocho guardias —tres de ellas mujeres— y 22 presos, todos varones. Los primeros visten elegantes uniformes grises, dictan las normas y se retiran a un hotel al terminar el turno. Los segundos lucen monos amarillo chillón, duermen en literas incómodas y comen comida insípida bajo una luz de neón implacable.
El programa finge ser un estudio sobre si el poder corrompe en entornos institucionales, pero es un reality hasta la médula. Y no solo por cómo transcurre dentro de la cárcel: los participantes hablan constantemente de «el experimento», rompen cualquier ilusión de veracidad. Para colmo, la serie —que se extiende a lo largo de seis episodios que podrían haber sido cuatro sin los recaps condescendientes— recurre a todos los trucos del manual del género para forzar el conflicto. Los guardias se dividen en turnos de día y noche que se sabotean mutuamente, se les pide elegir a un jefe entre ellos, y a mitad de serie algunos presos y guardias intercambian roles.
Nada de esto resulta creíble, y nadie lo cree. La producción no logra ningún momento en el que los concursantes suspendan su incredulidad, como sí ocurre en The Traitors, donde los jugadores «fieles» llegan a ver genuinamente a los traidores como villanos. Aquí no hay juego que ganar, no hay objetivo claro ni premio explícito. Más de un participante lo asume y abandona el programa sin más.
Lo que resulta mínimamente interesante —insuficiente para justificar casi seis horas de televisión, pero algo es algo— es observar cómo se comportan los concursantes de reality cuando son conscientes de lo que son y de dónde están. El conflicto más fértil surge entre los presos que quieren desobedecer a los guardias para ver qué pasa y los que prefieren mantener la dinámica establecida. No es una ilustración sobre cómo las instituciones coartan la libertad individual. Es gente que sabe que coescribe un entretenimiento y discrepa sobre cómo debe desarrollarse la historia.
Hay, no obstante, un grupo que sí parece haberse tragado el anzuelo: los tres expertos —un psicólogo conductual, un exfuncionario de prisiones federales y un periodista— que observan los monitores desde una sala aparte. Con enternecedora seriedad, analizan jerarquías y luchas de poder como si algo de ello tuviese una relevancia real. Desde el sofá de casa, esa credulidad resulta, como mínimo, pintoresca.