A juzgar por los parámetros que hoy rigen el consumo de música popular, el decimoctavo álbum de estudio de Stevie Wonder lo tendría muy difícil para conseguir un contrato discográfico en condiciones. Frente al dogma de que las canciones deben explotar desde los primeros segundos para que el oyente no salte de pista —o de vídeo en TikTok—, Songs in the Key of Life abría telón con una pieza lentísima de siete minutos, Love’s in Need of Love Today, que se parece más a una oración absorta que a una balada convencional sobre el amor y la empatía.
Y a diferencia de tantos discos fugaces que apenas superan la media hora, este tomaba forma como un orondo doble elepé de 104 minutos que involucró a 130 músicos durante dos años de trabajo en el estudio. El resultado: 21 canciones definitivas, el esbozo de otro centenar largo y un equipo de grabación que terminó imprimiéndose camisetas con el lema «Are We Finished Yet?» («¿Hemos terminado ya?»). Nada mal para un disco que la revista Rolling Stone ha coronado como el mejor álbum del prodigioso año 1976.
Stevland Hardaway Morris —ese es su nombre real— es hoy un señor de 76 años algo encorvado, pero lo que pudimos comprobar este pasado jueves en el 3Arena de Estocolmo deja claro que conserva casi intacto su inmenso talento vocal. Durante tres horas, con un descanso de apenas 15 minutos, mantuvo en vilo a un pabellón abarrotado con 16.000 personas que desafiaban todos los tópicos: el público sueco demostró ser tan fervoroso como la ocasión merecía, y un artista septuagenario sin disco nuevo desde 2005 consiguió entusiasmar a una audiencia mayoritariamente joven.
Wonder se ha embarcado en una gira europea y estadounidense para conmemorar el medio siglo de Songs in the Key of Life. La singladura no contempla, lamentablemente, ninguna parada española, pero refrenda con un despliegue casi histórico la inmortalidad de aquel cancionero. El polifacético compositor de Míchigan convoca a una docena y media de músicos de confianza —entre ellos seis coristas y una sección de metales— más una orquesta de pequeño formato. La codirección musical recae en el bajista Nathan Watts y el teclista Greg Phillinganes, que cinco décadas atrás ya participaron en la gestación de la obra.
El recorrido por el álbum es fiel y exhaustivo: desde la solemnidad del góspel en As hasta la apoteosis del funk en I Wish, pasando por el homenaje a Duke Ellington en Sir Duke, los sintetizadores cósmicos de Saturn, el delirio de jazz-fusión de Contusion o los momentos más íntimos, como el solo de voz y arpa clásica en If It’s Magic, uno de los instantes más extraordinariamente conmovedores de la noche. No falta tampoco el trepidante Superstition como bacanal de despedida.
Stevie ejerce como líder bonachón y sonriente. Presume de padre enumerando uno por uno a sus nueve hijos e incorpora a dos de ellos, Mandla y Aisha, entre sus coristas. Esta última es precisamente la destinataria de Isn’t She Lovely, aquella canción que medio siglo atrás inmortalizaba sus balbuceos en la bañera. En la capital sueca, Wonder regaló además una lectura cándida, improvisada y muy espiritual de Imagine, el clásico de John Lennon, aprovechando para proclamar entre vítores: «Yo no creo en las armas. Yo no creo en la destrucción».
En la alocución inaugural apagó por completo las luces para sumergirnos en su mundo y enseñarnos «a mirar con los ojos cerrados la belleza de la esperanza, del desconsuelo y la pena». Al comienzo de la segunda parte animó al público a ahondar «en la bondad humana» y alejarse de «toda esa mierda», una palabra pronunciada con tanto énfasis que todo el pabellón la interpretó tácitamente dedicada al inquilino de la Casa Blanca.
Hace ahora medio siglo, un Wonder que ya había encadenado sendos Grammys al mejor álbum del año con Innervisions (1973) y Fulfillingness’ First Finale (1974), se propuso rubricar el contrato discográfico más lucrativo de la historia. Berry Gordy, el mandamás de la Motown, tuvo que colocar un adelanto de 13 millones de dólares sobre la mesa para evitar la fuga. A cambio, Stevland Morris le entregó —y nos regaló a todos— uno de los artefactos sonoros más pantagruélicos de la historia de la música. Cincuenta años después, sigue siendo su pasaporte a la gloria eterna.