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Música

Mad Cool 2025 abre con Iggy Pop indomable y un Muse que apagó el calor a cañonazos de fuego

Hay festivales que se inauguran y festivales que se encienden. El Mad Cool de este 2025 hizo lo segundo. A las seis de la tarde, cuando crucé el control de Iberdrola Music con la camisa ya pegada a la espalda, el termómetro del móvil marcaba todavía 34 grados y la explanada de Villaverde devolvía el sol como una plancha. Madrid llevaba semanas avisando: el verano había llegado con vocación de récord, y la primera jornada del festival se jugaba esa baza incómoda de arrancar a pleno bochorno, sin una sombra decente donde guarecerse, con la noria icónica girando despacio sobre un público que buscaba los pocos toldos disponibles como náufragos buscan una balsa. Y sin embargo, escribo esto convencido de que fue una apertura magnífica. Porque el Mad Cool tiene un don que ningún rival peninsular le discute: convierte la adversidad climática en parte del relato, y un cartel bien armado siempre termina imponiéndose a la meteorología.

El primer acierto de la organización fue de pura ingeniería de programación. Mientras el sol seguía castigando, los escenarios pequeños hicieron el trabajo silencioso de mantener vivo al recinto. Blondshell abrió a las seis y cinco con ese rock de guitarras sucias y letras afiladas que cada vez convence a más gente, y poco después Royel Otis demostró por qué los australianos llevan dos años convirtiéndose en favoritos del circuito festivalero: melodías luminosas, naturalidad escénica y la sensación de que tocan sin esforzarse aunque se dejen la piel. Hubo quien se acercó al escenario más alternativo a ver a un Geordie Greep recién salido de la disolución de black midi, con su propuesta torrencial y excéntrica, difícil de digerir a esa hora pero valiente, y quien prefirió la luminosidad de Mother Mother arrancando el escenario principal. El recinto tiene la virtud de permitir ese picoteo: seis escenarios, distancias razonables, y la posibilidad de construirte la tarde a tu gusto sin sentir que te pierdes lo esencial.

A medida que el sol bajaba y la temperatura concedía una tregua mínima, llegó uno de los momentos que más curiosidad despertaba en la previa. Gracie Abrams se subió al escenario grande a las ocho y cuarto, y lo que podría haberse quedado en una actuación de cantautora discreta se transformó en una de las sorpresas amables de la jornada. La californiana, que ha pasado de telonera de Taylor Swift a fenómeno propio en tiempo récord, manejó las primeras filas con una soltura impropia de alguien tan joven. Su repertorio, hecho de confesiones susurradas y estribillos que crecen sin avisar, funciona mejor en vivo de lo que cabría temer: cuando el público de un festival generalista corea entera “That’s So True”, uno entiende que estamos ante algo más que una moda pasajera. No fue un concierto perfecto —la voz se le quedó pequeña en los momentos de más empuje—, pero sí honesto, y el calor, por fin, empezaba a ceder.

Y entonces apareció él. No hay forma elegante de describir lo que Iggy Pop hizo a las nueve y media de la noche en el escenario Orange, así que lo diré sin adornos: a sus casi ochenta años, el Padrino del Punk dio una de las lecciones de la edición. Salió con el torso desnudo, como siempre, como hace medio siglo, y se movió por el escenario con esa cojera felina que es ya parte de su iconografía. Arropado por una banda sencillamente excelsa, desgranó un repertorio que es historia viva de la música del siglo XX —”Lust for Life”, “The Passenger”, “Search and Destroy”— con una energía que dejaba en evidencia a artistas con un tercio de su edad. Hubo, es cierto, un problema técnico molesto: el sonido se cayó durante unos minutos largos, hubo un amago fallido de reanudación, y la espera se hizo eterna. Pero cuando todo volvió, Iggy se sobrepuso al contratiempo con la naturalidad del veterano que ha visto de todo, y la actuación recuperó de inmediato su vuelo. Fue, pese al apagón, una de las cumbres del fin de semana.

Conviene detenerse en esos problemas de sonido, porque marcaron la jornada y sería deshonesto silenciarlos. Varios artistas sufrieron cortes en el suministro de audio a lo largo del jueves, y para un festival que ha alcanzado la velocidad de crucero de los grandes eventos europeos, son un lunar que la organización deberá corregir. Dicho esto, y aquí va mi defensa convencida del Mad Cool, lo notable no fue el fallo sino la respuesta: ni el público se desbocó ni los artistas perdieron la compostura, y la maquinaria del festival —accesos, barras, puntos de agua, los refuerzos de sombra que se echaron en falta pero que existían— funcionó con una solvencia que cualquiera que haya sufrido festivales mal gestionados sabe valorar. Un tropiezo técnico no define una edición; la define cómo se recompone uno tras el tropiezo.

El plato fuerte del rock alternativo se sirvió en paralelo a la medianoche, y obligó a elegir. Refused, los suecos del hardcore intelectual, ofrecieron en el escenario alternativo una descarga brutal para los que buscaban algo más áspero, mientras Weezer, ya entrada la madrugada, repartía nostalgia noventera de la buena: el “Buddy Holly”, el “Say It Ain’t So”, esa fórmula de power-pop con gafas de pasta que no falla nunca y que hizo cantar a varias generaciones a la vez. Hubo que sacrificar a The Wombats, que cerraban otro escenario con su indie-pop bailable, y esa es la única queja legítima de una noche así: que el cartel obliga a renunciar a cosas buenas. Pero renunciar porque sobra calidad es el mejor problema que puede tener un festivalero.

El cierre, naturalmente, fue Muse. Los de Matt Bellamy regresaban a Madrid como única fecha española de su gira, sustituyendo a unos Kings of Leon que cancelaron por la operación de urgencia de su cantante, y la banda de Devon no defraudó a quienes temían un cambio a la baja. A las once en punto, el trío convirtió el escenario principal en un espectáculo de ciencia ficción: lanzallamas, confeti, fuegos artificiales y esa grandilocuencia operística que en manos de otros resultaría ridícula y en las suyas funciona como un reloj suizo. Sonaron los himnos —”Plug In Baby”, “Hysteria”, “Uprising”— y un “Supermassive Black Hole” que hizo rugir a la explanada entera, con un guiño inevitable a toda una generación criada con cierta saga vampírica. El calor de Madrid quedó literalmente eclipsado por el despliegue pirotécnico, y no es una metáfora: hubo un instante, con las llamas trepando hacia un cielo negro y sin estrellas, en que la temperatura dejó de importar.

Salí del recinto pasada la una y media, con la camiseta seca por fin y la sensación —rara, valiosa— de que la primera jornada había cumplido el contrato. El Mad Cool 2025 arrancaba con un día de rock de manual: una leyenda indomable, un cabeza de cartel a la altura de su reputación, una promesa emergente que confirmó el cartel y un puñado de descubrimientos en los escenarios pequeños. Los apagones de sonido fueron el precio a pagar, y la organización tomó nota. Pero si esto era solo el aperitivo, y con Nine Inch Nails y Olivia Rodrigo todavía esperando, quedaba claro que la octava edición venía a reivindicarse. Mañana, más calor. Y, si el cartel cumple su palabra, más motivos para olvidarlo.

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