El segundo día de un festival es traicionero. Se han gastado ya las piernas frescas y el entusiasmo de estreno, el cuerpo arrastra la deuda de sueño de la madrugada anterior, y el calor —que el viernes en Villaverde volvió a apretar sin piedad, con la explanada de Iberdrola Music convertida otra vez en un horno desde media tarde y una noche que se negaba a refrescar— pasa factura. Llegué al recinto poco después de las seis, con el reportaje del jueves todavía caliente y cierto escepticismo profesional: ¿podría la jornada del viernes mantener el listón de una apertura tan rotunda? La respuesta, lo adelanto, fue un sí matizado pero contundente. Porque el viernes del Mad Cool 2025 tuvo dos actuaciones que justifican por sí solas el precio de un abono, y eso es algo que muy pocos festivales del continente pueden prometer.
La tarde empezó, como manda la liturgia de estos eventos, en los márgenes. Los escenarios secundarios fueron de nuevo el refugio de los curiosos y de quienes huíamos del sol directo, y allí hubo hallazgos que merecen reivindicación. Kingfishr, el trío irlandés, trajo su folk de raíz con una honestidad que conmovió a una audiencia todavía escasa pero entregada; su propuesta, hecha de armonías vocales y cuerdas acústicas, era exactamente el tipo de música que el Mad Cool hace bien al programar, porque demuestra que un macrofestival no tiene por qué ser solo una sucesión de cañonazos. Hubo también espacio para el rock español emergente y para esa Natalia Lacunza que ha sabido construir una carrera de pop atmosférico y personal lejos de los focos del talent show que la dio a conocer. El recinto, de nuevo, permitía esa deriva: caminar de un escenario a otro, dejarse sorprender, construir la tarde a base de pequeñas apuestas.
Reconozcamos las cosas como son: hubo, también el viernes, coletazos de los problemas técnicos que habían marcado la jornada inaugural. Algún escenario arrastró cortes de sonido, y una de las actuaciones acústicas más esperadas de la tarde —la de la cantautora que ha acompañado en gira a Taylor Swift y a Olivia Rodrigo— se vio obligada a reinventarse sobre la marcha cuando el audio falló: la artista, con un aplomo admirable, bajó al foso, guitarra en mano, y cantó para las primeras filas mientras buena parte del público se quedaba sin poder escucharla. Es un contratiempo serio y no lo voy a maquillar. Pero quiero subrayar, una vez más, lo que esa escena dice a favor del festival y de su gente: ante el fallo, ni la artista se vino abajo ni el público abucheó. Hubo paciencia, hubo complicidad, y la organización trabajó a destajo para que la noche, la parte que de verdad importaba, llegara impecable. Y llegó.
Porque cuando cayó el sol, el viernes se transformó. Benson Boone, el fenómeno viral convertido en estrella global, se subió al escenario principal con la misión ingrata de calentar a un público que en parte había venido por él y en parte lo miraba con la ceja levantada. Y cumplió: voz potente, carisma de sobra, esos saltos acrobáticos que se han vuelto su marca, y un “Beautiful Things” coreado por decenas de miles de gargantas que despejó cualquier duda sobre si el chico aguantaba un escenario de ese tamaño. Lo aguantó. No es un artista que me entusiasme —su pop es a veces demasiado pulido, demasiado calculado para el algoritmo— pero sería injusto negarle el oficio y la entrega. En un festival, lo mainstream bien ejecutado también suma, y el público joven que llenó la explanada para verlo no se equivocaba al disfrutarlo.
Y entonces llegó Alanis. Alanis Morissette regresaba a Madrid para celebrar los treinta años de “Jagged Little Pill”, aquel disco de 1995 que se convirtió en banda sonora de toda una generación y en piedra fundacional del rock alternativo femenino, y lo hizo con una dignidad que emocionó. No es Alanis una artista de grandes despliegues escénicos; su fuerza está en otro sitio, en esa voz que sigue siendo capaz de pasar del susurro al desgarro en una sola frase, en unas letras que treinta años después conservan intacta su carga emocional. Cuando atacó “You Oughta Know”, con esa rabia limpia y articulada que sigue siendo única, la explanada entera —gente que no había nacido cuando el disco salió y gente que lo gastó en walkman— cantó al unísono. “Ironic”, “Hand in My Pocket”, “You Learn”: fue un repaso a un cancionero que ha envejecido extraordinariamente bien. Hubo verdad en ese concierto, y la verdad, en un festival lleno de marcas y pantallas, es un bien escaso que conviene celebrar.
Conviene hacer aquí una digresión sobre lo que el Mad Cool consiguió esta edición, y que el viernes ilustró a la perfección: el equilibrio. Tener en un mismo día a Benson Boone, ídolo de la generación TikTok, y a Alanis Morissette, voz fundamental de los noventa, y que ambos llenen sus franjas sin canibalizarse, es un ejercicio de programación que parece sencillo y no lo es en absoluto. El festival lleva años perfeccionando esa fórmula —rock, pop, indie y electrónica conviviendo sin complejos— y es lo que lo distingue de competidores más monocromos. Uno puede preferir un perfil más radical, más de culto, pero sería negar la evidencia no reconocer que esa amplitud de miras es precisamente la fortaleza del Mad Cool, y la razón de que cada julio Madrid se convierta en destino de peregrinación para públicos que en otros festivales jamás coincidirían.
El cierre del viernes pertenece a la historia. Nine Inch Nails, la banda de Trent Reznor, regresaba al Mad Cool siete años después de su recordada actuación de 2018, y firmó lo que para muchos —y me incluyo sin dudarlo— fue el mejor concierto de toda la edición. No hay otra forma de decirlo: fue un show industrial, oscuro y absolutamente perfecto. Reznor, una de las mentes más brillantes y atormentadas que ha dado la música de las últimas cuatro décadas, construyó una hora y media de tensión sostenida, de luces estroboscópicas que cortaban la negrura, de un muro de sonido que era a la vez agresión y belleza. “Closer”, “Head Like a Hole”, “The Hand That Feeds”, “Hurt”: el repertorio fue un viaje por el lado más sombrío de la condición humana, ejecutado con una precisión quirúrgica que no dejó un solo cabo suelto. Donde Muse abruma con espectáculo y Alanis emociona con verdad, Nine Inch Nails sobrecoge con una intensidad casi insoportable. Para entonces, los problemas de sonido eran un mal recuerdo: el cierre del viernes sonó como debe sonar.
Salí del recinto de madrugada, otra vez con la noche cálida pegada a la piel, y con la libreta llena. El viernes del Mad Cool 2025 no fue una jornada sin sombras —los coletazos técnicos siguieron ahí, el calor castigó sin tregua, hubo solapes que dolieron—, pero fue una jornada grande. Tuvo el contraste perfecto entre lo nuevo y lo clásico, tuvo a una leyenda celebrando un aniversario con la frente alta y tuvo un cabeza de cartel que rozó la perfección. Si el jueves el festival se encendió, el viernes ardió a fuego sostenido. Y aún quedaba un día. Un día con la mayor estrella del pop-rock del momento esperando en el escenario principal, y con la promesa de que los problemas de sonido quedarían, por fin, atrás.