El cielo amaneció amenazante el sábado, y lo confieso: lo agradecí. Tras dos jornadas de calor implacable, la previsión hablaba de nubes y una posible tregua, y media plantilla de festivaleros miró al cielo con la esperanza traicionera de que cayeran cuatro gotas redentoras. No cayeron. Contra todo pronóstico, el manto de nubes que cubría Villaverde se fue abriendo a lo largo de la tarde hasta dejar un cielo de un azul casi insolente, y la temperatura, aunque más amable que los días previos —rondó los veintiocho grados, lejos del horno de la víspera—, mantuvo ese bochorno espeso que se pega a la ropa. Aun así, el sábado se vivió con un ánimo distinto: era el día de mayor afluencia, el de público más joven, el de la traca final. Y, una buena noticia que conviene dar de entrada: los problemas de sonido que habían lastrado las dos primeras jornadas estaban, por fin, resueltos. El festival llegaba a su clímax con la maquinaria a punto.
La tarde tuvo, como las anteriores, su capítulo de descubrimientos en los escenarios secundarios, pero el sábado hubo además un hilo conductor que merece ser señalado y celebrado: la jornada se convirtió, casi sin proponérselo, en una reivindicación de las voces femeninas y del colectivo LGTBIQ+ en la música contemporánea. La noruega girl in red defendió bajo un sol de justicia su pop guitarrero y desacomplejado, repasando ese segundo disco con el que ha consolidado su estatus de referente para toda una generación de jóvenes que se reconocen en sus canciones. Su actuación, sudorosa y entregada, fue una de esas que hacen comunidad: miles de personas cantando sobre el amor y el deseo sin tabúes, en una explanada que durante una hora fue un espacio seguro y feliz. El Mad Cool acertó de pleno al darle ese altavoz.
Esa misma sensación se prolongó con PVRIS y, sobre todo, con una St. Vincent en estado de gracia. Annie Clark ofreció en el escenario OUIGO una de las actuaciones más artísticamente exigentes de toda la edición: un contorsionismo escénico perfectamente sincronizado con su música, ese rock anguloso y experimental que ella ejecuta como nadie, y una entrega física total que la llevó a revolcarse por el suelo en el tramo final. Repartió agradecimientos a Madrid con una generosidad casi conmovedora —”Gracias, te amo” tras casi cada tema— y desgranó un repertorio que fue de “Fear the Future” a “Cheerleader” y un “New York” con el que bajó a sentir de cerca al público. Cerró con “All Born Screaming” como una auténtica estrella de rock, y quien estuvo allí salió con la certeza de haber visto algo serio, algo de verdad. Es exactamente este tipo de programación —una artista de culto, exigente, en una franja de prestigio— lo que impide reducir el Mad Cool a un simple desfile de éxitos comerciales.
Hubo que elegir, como siempre, y elegir dolió. Bloc Party ofrecía en paralelo su descarga de post-punk bailable, ese sonido británico de mediados de los dos mil que tan bien envejece, y más de un veterano se debatió entre la nostalgia indie y los grandes nombres del escenario principal. Es el peaje de un cartel sobrado: los solapes obligan a renunciar. Pero insisto en lo de siempre, porque es la verdad: renunciar porque hay demasiada calidad simultánea es el mejor problema imaginable, y habla bien de un festival que programa con tanta densidad que ningún asistente puede verlo todo. Cada cual se construyó su sábado, y casi nadie se construyó uno malo.
Y entonces, el fenómeno. No hay otra palabra para describir lo que rodeó a Olivia Rodrigo. Desde las seis de la tarde, miles de adolescentes —y no tan adolescentes— llevaban apostados frente al escenario principal, soportando el calor, los desvanecimientos y la espera, en una manifestación de fervor que hacía décadas que no se veía con tanta nitidez: fenómeno fan en estado puro, purpurina, estrellas dibujadas en las mejillas, padres y madres acompañando a sus criaturas. Era fácil llegar con el prejuicio puesto, despachar a Rodrigo como la enésima estrella de pop adolescente fabricada en serie. Sería un error. Y aquí quiero ser claro, porque es justo serlo.
Olivia Rodrigo rockeó. Lo hizo de verdad. Que eligiera como intro el “We Got the Beat” de The Go-Go’s ya era una declaración de intenciones sobre el linaje musical en el que se reconoce. Que no hubiera ni un solo bailarín en el escenario, sino una banda al completo formada íntegramente por mujeres que sonó con auténtica mala leche, era otra. Cuando arrancó “Obsessed”, la explanada estalló, y a partir de ahí el concierto se desplegó como una película perfectamente orquestada: “Brutal”, “Favorite Crime”, “Enough for You”, “So American”, un “good 4 u” atronador y un “Get Him Back” final que dejó al recinto sin voz. Su pop-rock no reinventa el género, es cierto, y hay quien le reprochará que su propuesta es comercial y de fácil escucha. Pero está endiabladamente bien ejecutada, conecta con su público de un modo que no se puede fingir, y tiene más guitarra y más actitud de lo que sus detractores quieren reconocer. Coronó la edición, y lo hizo con todo merecimiento.
El cierre, para los que aún teníamos cuerpo, fue una fiesta. Justice, el dúo francés, transformó su escenario en una pista de baile gigantesca: bajo su célebre cruz iluminada, Gaspard Augé y Xavier de Rosnay desplegaron ese house contundente y elegante que los ha convertido en leyenda de la electrónica europea. “Genesis”, “D.A.N.C.E.”, “We Are Your Friends” —con el público entero saltando— fueron la traca final perfecta para una edición que había transitado del rock más oscuro al pop más luminoso. Que un festival pueda cerrar con Nine Inch Nails una noche y con Justice la siguiente, y que ambas cosas tengan sentido bajo el mismo paraguas, dice todo lo que hay que decir sobre la amplitud del proyecto. Y aún quedaba el epílogo del domingo, esa jornada electrónica del Brunch Electronik con Peggy Gou y compañía, para quienes se negaban a que la fiesta terminara.
Salí del Iberdrola Music por última vez de madrugada, con las piernas destrozadas, la libreta exhausta y la cabeza haciendo balance. La octava edición del Mad Cool no fue perfecta: los problemas de sonido de las dos primeras jornadas fueron un lunar real que la organización deberá corregir sin excusas, la falta de sombras en el recinto sigue siendo una asignatura pendiente, y el calor madrileño de julio es un adversario que ningún festival local podrá domar del todo. Pero sería mezquino quedarse ahí. Lo que vi en estos tres días fue un festival maduro, ambicioso y valiente: un cartel que equilibró leyendas y fenómenos, culto y mainstream, rock y electrónica, sin renunciar a ninguno; una respuesta solvente ante la adversidad; y, sobre todo, un puñado de conciertos —Iggy Pop, Nine Inch Nails, St. Vincent, la propia Olivia Rodrigo— que se quedarán en la memoria. El Mad Cool 2025 reivindicó su lugar entre los grandes festivales de Europa. Y lo hizo, como siempre, sudando. Nos vemos el año que viene.