Tower Bridge sobre el Támesis. Las luces de Piccadilly. Vibraciones de Ray of Light. Graham nervioso en un taxi negro londinense. Y entonces Madonna susurra «gracias por venir», suena I Feel So Free y arranca el especial televisivo más esperado del año. La apertura está a la altura de la ocasión: grande, efectista y gloriosamente gay.
El programa sitúa a Norton de camino al Koko, la sala donde Madonna ofreció su primer concierto en el Reino Unido en 1983 y a la que regresó en 2005 para presentar Confessions on a Dancefloor. Metraje de archivo, chicas con permanente y citas de quien-se-comía-el-mundo acompañan su ascenso hasta «la gran dama en persona». La cámara pasa al cámara lenta cuando Norton cruza el umbral del teatro rojo. Allí, sola en el escenario iluminado, está Madonna.
Ella aparece en su mejor modo grande dame imperial: seda teal con hombreras, guantes sin dedos y botas personalizadas de Yves Saint Laurent del tour de Confessions. Los originales, por cierto, fueron robados en Coachella. La conversación arranca bien: charla distendida sobre la pista de baile como hogar, la discoteca queer Menjo’s de Detroit en los años setenta y cómo dos hombres en patines con pajaritas y bandeja en mano le hicieron sentir que «ya no estaba en Kansas». «El baile está en mi ADN», sentencia.
También aparece Christopher Flynn, su profesor de ballet en Michigan y, según ella, «el primer hombre gay que conocí». Norton no puede evitar el guiño: «No fue el último…». Madonna: «¡Desde luego que no!».
El problema llega en el tramo central, algo encorsetado, cuando se incorpora Stuart Price, productor de Confessions I y II. Los tres escuchan fragmentos de los nuevos temas y comentan la influencia del techno de Detroit y el house de Chicago en el disco, grabado en el estudio de Price en Maida Vale durante un año. Norton, quizá condicionado por el nivel de control artístico o por la pura magnetismo de la situación, no logra esquivar las preguntas banales. «¿De dónde salió esa canción?», pregunta. «De mi alma», responde Madonna con una expresión que lo dice todo.
No es que una entrevista centrada en el proceso creativo de Madonna no pudiera ser fascinante —y refrescante, dado que los entrevistadores de décadas pasadas raramente se molestaban con su música—. Es que esto no termina de serlo. El formato, troceado entre apariciones especiales, imágenes y clips de Confessions II – The Film, impide que el programa respire con la intimidad que una conversación a dos bandas habría logrado.
Pero entonces llega el momento del año: bajada al bar, y detrás de la barra está Kylie Minogue. Lo que sigue es tan extraño como delicioso. Kylie saca su copia del primer álbum de Madonna, Madonna confiesa que en su día le tuvo «un poco de envidia porque era muy mona» y que su exmarido de entonces tenía debilidad por ella, y Norton declara haberse muerto y ido directamente «al paraíso gay». El público en casa, ídem.
Las revelaciones para los fans —que están en plena fiebre anticipatoria— son escasas comparadas con otras entrevistas publicadas esta misma semana, pero las hay. Madonna habla de su cariño por Londres, de cómo escribió una canción sobre su hermano Christopher poco después de hablar con él sabiendo que «estaba cerca del final», y de cómo su hija Lola, con quien grabó un dúo en Confessions II, «ha sido muy reacia a trabajar» con ella y ha «lidiado con esos sentimientos durante la adolescencia».
Y queda un último misterio: además de las giras promocionales, Madonna tiene planeado «algo más grande para el verano». Norton pregunta si será en el Reino Unido. «Podría ser», responde ella. Acto seguido le reprende por «tener que saberlo todo» y el especial concluye dejándonos exactamente donde una de las artistas más vendidas de la historia prefiere tenernos: sin saber nada.