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Música

Paul McCartney vuelve a Liverpool con su álbum número 27 a los 83 años

McCartney lanza su disco más nostálgico, un viaje a su infancia en Liverpool que demuestra que su don melódico sigue intacto.

Hay una pregunta que sobrevuela cualquier nuevo disco de una leyenda del rock en su etapa otoñal: ¿para qué? La respuesta de Paul McCartney con The Boys of Dungeon Lane, su vigésimo séptimo álbum de estudio, es tan sencilla como poderosa: para mirar atrás y contar lo que quedaba por contar.

El título ya lo dice todo. Dungeon Lane es la calle del barrio de Liverpool donde McCartney pasó su primera infancia, y ese espíritu autobiográfico impregna buena parte del disco. El primer single, Days We Left Behind, se estrenó en BBC Radio Merseyside —no en YouTube ni en Spotify—, un gesto que dice mucho sobre las intenciones del artista.

No es la primera vez que McCartney vuelve la vista atrás. En los últimos años ha reescrito la narrativa de las sesiones de Let It Be, completó la última canción inacabada de los Beatles y estrenó un documental reivindicando la magnitud de Wings en los setenta. Hay en todo ello una sensación, leve pero perceptible, de quien cierra círculos.

Pero que nadie se llame a engaño: esto no es un álbum conceptual. Junto a las canciones de tono sepia y reminiscencias personales, el disco incluye Mountain Top, una pieza sobre una chica colocada de setas en Glastonbury, construida sobre lo que podría definirse como psicodelia juguetona del siglo XXI, con clavicémbalo, efectos de faseado y ráfagas de voz en bucle que evocan directamente a I Am the Walrus. El productor Andrew Watt se luce aquí sin ningún pudor.

También asoman Momma Gets By, que revisita el espíritu de Lady Madonna en clave más melancólica, o Life Can Be Hard, un ejemplo brillante de lo que John Lennon llamaba con sorna «la música de abuelita de Paul», con ese sabor a Tin Pan Alley que ya dio al mundo When I’m Sixty-Four. Y luego están las canciones de amor líricamente sencillas —Ripples in a Pond, Come Inside, We Two— que en los setenta le habrían valido una paliza de la crítica, pero que hoy resultan encantadoras precisamente por la destreza melódica que esconden: escuchar We Two es asistir a una cantidad asombrosa de giros y matices comprimidos en algo aparentemente tan ligero.

Las canciones más ancladas en Liverpool son las que más emocionan. La voz de McCartney, notablemente más frágil y delgada que antaño, lejos de ser un problema, funciona aquí como un recordatorio constante del tiempo transcurrido. As You Lie There rescata un amor no correspondido con guitarras densas y una estructura episódica que huele a los tiempos de Wings. Salesman Saint repasa las dificultades económicas de sus padres y se cierra con un arranque de swing de los años cuarenta.

Down South recuerda una aventura en autostop junto a George Harrison, y su remate es de una sencillez que desarma: «Era una buena manera de llegar a conocerte». El dúo con Ringo Starr, Home to Us, avanza con una energía contagiosa que, por algún capricho del destino, recuerda vagamente a She’s Electric de Oasis.

Como suele ocurrir con McCartney, no todo funciona igual: Come Inside resulta algo forzada y First Star of the Night no termina de despegar. Pero el conjunto transmite una coherencia y un propósito que no siempre han acompañado a sus trabajos recientes. Quizás grabar un disco a los 83 años impone una claridad sobre lo que de verdad importa. The Boys of Dungeon Lane la tiene.

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