La segunda jornada del nuevo Sónar integrado dejó claro que la reforma del festival ha venido para quedarse, pero también que su corazón sigue latiendo, sobre todo, cuando cae el sol. Las primeras horas de la tarde todavía se viven con cierta timidez: el recinto de la Fira Gran Via de L’Hospitalet tarda en llenarse, los hangares lucen despoblados y las barras apenas manan hasta bien entrada la noche. Es el peaje evidente de haber fundido en un único horario, de cinco de la tarde al amanecer, lo que antes eran dos festivales distintos. Pero en cuanto la luz empieza a caer, los escenarios se encienden y el Sónar se reconoce a sí mismo.
El viernes fue, sin discusión, una jornada de dominio británico, y quien la comandó fue Skepta desde el SonarClub. Encapuchado y con el rostro medio tapado, el rapero solo se hizo acompañar de un DJ mientras se paseaba de un extremo a otro del escenario recitando grime y trap. Con esos únicos mimbres levantó una comunión notable: cayeron “Shutdown”, “That’s Not Me”, el “TOXIC” que firmó a medias con Playboi Carti, “Praise the Lord” y, para rematar, el superhit facturado junto a Fred again.., “Victory Lap”. Es cierto que el grime todavía no acaba de prender entre el público local y que el pabellón (el de mayor aforo de los tres cubiertos) no llegó a llenarse del todo, con una parroquia mayormente inglesa. Pero los que estaban lo dieron absolutamente todo. Fue uno de los picos de la edición.
En ese mismo escenario, Charlotte de Witte hizo lo que mejor se le da: reventarlo. La belga volvió a confirmarse como la sucesora natural, en cuanto a popularidad, de aquellos Jeff Mills o Richie Hawtin de otras épocas del certamen. Su techno es un azote impenitente, un crescendo tras otro, con poca variación de fondo pero una eficacia demoledora. Técnica y espectáculo le sobran; la clave de su éxito arrollador está precisamente en la certeza y el gozo de la anticipación. El SonarClub, colosal, se reventó con una afluencia masiva que empequeñece al individuo.
Muy distinto fue el pase de Kelis en el SonarVillage. La estadounidense apostó por un formato económico (batería, un DJ para lanzar las bases y una vocalista de apoyo) al servicio de un repertorio infalible. El sonido, todo hay que decirlo, no acabó de funcionar si no te situabas en el eje central: una batería sobredimensionada se comía buena parte de las frecuencias y restaba definición a canciones que siempre han destacado por su sofisticación rítmica. Aun así, su catálogo aguantó el pulso. Sonaron “Trick Me”, “Millionaire”, “Bossy”, “Caught Out There”, “Bounce” y “Acapella”, con Kelis ejerciendo más de maestra de ceremonias que de estrella empeñada en reverdecer laureles.
Más sofisticado, casi de otra dimensión, resultó el directo de SBTRKT en el propio Village. El proyecto de Aaron Jerome ha dejado atrás las máscaras africanas, pero mantiene una escenografía cuidadísima: esta vez, torres y pozos petrolíferos. Con el apoyo de sus músicos (mención especial al batería Jimmy Holdom, capaz de sostener aperturas por encima de las 150 rpm), firmó un concierto lleno de matices en el que cupieron el R&B, el house atmosférico y la bass music inglesa, con “Forward”, “Waiting”, “Hold On”, “Wildfire”, “Trials of the Past” y las garageras “Pharaohs” y “Living Like I Do” como puntos cumbre. El intenso calor favoreció la afluencia a los espacios al aire libre, y el escenario, con su ya mítica alfombra verde, rozó el lleno.
La expectación era máxima en el estreno del nuevo escenario SonarLab, una de las novedades espaciales de esta edición, con sus escamas plateadas moviéndose con la brisa. Allí debutó Nia Archives en un inédito formato de trío, registrando un lleno absoluto en el recinto más recogido del festival. Su drum’n’bass vocal y su jungle acelerado, herederos de “Silence Is Loud”, conectaron de inmediato con una audiencia entregada, aunque el directo se reveló algo más frugal que la rica arquitectura de sus grabaciones de estudio. Las cosas funcionaron mejor cuando apostó por la contundencia de los cortes más orientados a la pista.
Completó la jornada la sesión de Stoor del viernes, con Speedy J entrelazando manos con FJAAK, KiNK y Nene H en un giro hacia el dinamismo más pistero, mientras que en otros rincones el brasileño Maz había ido calentando motores con una sesión bailable. La nueva dirección del festival empieza a notarse en muchos frentes )el recinto, los horarios, el tipo de público), pero, al menos de noche, el Sónar sigue siendo inconfundiblemente el Sónar.