Quantcast
Connect with us

Música

Sónar 2026: The Prodigy y Stoor despiden la edición al amanecer

La noche del sábado es la grande, la del descorche definitivo, y esta vez el festival la resolvió por todo lo alto. El recinto se llenó (al menos visualmente, sin llegar a la saturación) y la jornada mantuvo esa cara hedonista que sigue siendo el banderín de enganche del certamen. Antes de que llegara lo gordo, los andaluces Ático Corp. & R.I.P. Bestia calentaron el ambiente con su breakbeat de alto voltaje, justo antes del plato fuerte de la velada.

The Prodigy aterrizaron en el SonarClub treinta y cinco años después de irrumpir en la escena británica desde Essex, y lo suyo fue, ante todo, una máquina de himnos. Liam Howlett y Maxim plantearon un montaje concebido más como banda en directo que como un vivo electrónico convencional, con las guitarras distorsionadas y una batería robusta empujando por momentos el sonido hacia terrenos más metaleros que puramente raveros. Abrieron con la tríada “Omen”, “Voodoo People” y “Poison”, y hacia la mitad llegó la catarsis con “Invaders Must Die”, “Breathe”, “Smack My Bitch Up” y una “Firestarter” (ya con treinta años a sus espaldas) convertida en homenaje emocionado al desaparecido Keith Flint, con los láseres verdes encendiéndose y la masa respondiendo como quien ve estallar los fuegos artificiales. Cerraron con “Out of Space”. Hubo demasiados parones entre temas y el resultado fue más espectacular que vanguardista, pero el despliegue cyberpunk resultó apabullante y el SonarClub acabó convertido en una sauna, con un lleno que rozó el 110% del aforo. Un concierto categórico que hizo feliz a su público facilitándole el reencuentro consigo mismo. Poco que objetar.

El verdadero corazón latiendo de la noche, sin embargo, estuvo en Stoor, en el SonarCar. Speedy J, factótum del invento, reunió sobre una gran isla central de 360 grados a Dasha Rush, Luke Slater, Mathew Jonson y Ø [Phase] para improvisar durante horas en una penumbra casi total, con la iluminación justa para no tropezar. El resultado fue un techno impenitente, de morfología variable, tocado con la libertad de un quinteto de jazz. A las dos de la madrugada, su interior era acongojante: un pulso seco de compás 4×4 perceptible a metros de distancia, como esos faros que anuncian el peligro de la costa, rodeado de sonidos ora fabriles, ora psicodélicos. Cuando al pulso base se sumaba un segundo latido ligeramente desfasado, la euforia se apoderaba del lugar, al que la gente hacía cola para entrar. Sin duda, uno de los grandes hallazgos de esta edición.

A su lado, los enmascarados Two Shell, con los rostros velados para mantener oculta su identidad, resultaron sobre todo divertidos: bajos retumbantes de inspiración UK garage, house, guiños funky y estrenos de su inminente disco, como “The Nightmare” o “Follow”. Antes, en la cabina opuesta del mismo escenario, Takuya Nakamura había lanzado sencillos fraseos de jazz que luego muestreaba sobre bases que iban del jungle al drum’n’bass, haciendo retumbar la grada; incluso cantó siguiendo escalas japonesas que alteraban la sonoridad habitual. El techno más quirúrgico lo puso otro compatriota, Wata Igarashi, mientras que en el SonarLab la sueca Namasenda aportó su electrónica pop de estirpe hyperpop.

El SonarVillage ofreció el contrapunto luminoso con WhoMadeWho, ahora más cerca del pop de estadios de Coldplay o Pink Floyd que de sus antiguas referencias, con sus bajos y percusiones envolviendo la madrugada. Y para llevar el festival hasta los confines del amanecer, Amelie Lens ejerció de descorche final con su techno belga, mientras parte del público ya se dejaba caer, exangüe, bajo las estalactitas de la instalación Organysmo. El Sónar se diluyó en ritmo y dejó en el aire unas cuantas preguntas que habrá que empezar a responder el año que viene, cuando su público haya vuelto a hacer acopio de energía.

Ya puedes comprar abonos para Sónar 2027 a precio especial.

Connect