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Rivales temporada 2: la serie más descarada y brillante del año

La segunda temporada de Rivals vuelve con más escenas subidas de tono, un reparto entregadísimo y una nostalgia ochentera irresistible.

Rivales temporada 2: la serie más descarada y brillante del año
La segunda temporada de Rivals vuelve con más escenas subidas de tono, un reparto entregadísimo y una nostalgia ochentera irresistible.

Rupert Campbell-Black es un canalla, un fanfarrón, un sinvergüenza incapaz de seguir las reglas. «El hombre es un elemento descontrolado», sisea el entrenador de salto ecuestre Malise Gordon, interpretado por Rupert Everett, mientras Rupert —al que da vida Alex Hassell— dirige sus energías hacia la última en una interminable cadena de entusiastas conquistas locales. Y es que Rivals no tiene el menor reparo en convertir cualquier aspecto de la anatomía humana —y de la vida en general— en un chiste de colegio. Gracias a Dios.

¿Para qué conformarse con la aburrida realidad cuando puedes disputar un explosivo partido de tenis en pelota picada con el diputado de turno? Como ministro de Deportes y «el hombre más guapo de Inglaterra», Rupert es el centro gravitacional de esta descarada y desaforada adaptación del bonkbuster ochocentista de la ya fallecida Jilly Cooper. El hombre tiene cabeza para los negocios y un cuerpo perfectamente diseñado para lucir pantalones de montar mientras suelta frases que no repetiremos aquí sin sonrojarnos.

La segunda temporada arranca donde lo dejó la primera: Rupert escapando de noche con la despiadada productora Cameron Cook (Nafessa Williams), quien acababa de propinarle un buen golpe al villano Tony Baddingham (David Tennant), jefe de la cadena Corinium TV. La solución ante semejante lío: esconder a Cameron en la casita de campo de Rupert en Devon, el escenario perfecto para lo que la serie denomina, sin pudor alguno, «crisis de desahogo». El nivel de desfachatez es, directamente, estratosférico.

Enterrado en algún lugar de ese bosque de situaciones imposibles hay, efectivamente, una trama. También ridícula, también maravillosa. La acción arranca con las elecciones generales de 1987: ¿logrará Rupert conservar su escaño o conspirarán Tony y la despiadada periodista Beattie —Annabel Scholey— para hundirle? ¿Y quién se alzará con la codiciada licencia de televisión regional Central South West? La tensión es, dentro de lo que cabe, real.

Las interpretaciones son enormes, gozosas y claramente disfrutadas por todos los implicados. Destaca especialmente Aidan Turner como Declan O’Hara, un galán de la televisión con un bigote monumental y una expresión facial en cierta escena de ducha —junto a su mujer Maud, encarnada por Victoria Smurfit— que quedará grabada en la memoria de cualquiera que la vea. Difícil de describir, imposible de olvidar.

El resto de la serie funciona con esa misma lógica del «por qué no». Un caballo con polainas rosas desfila ante la cámara sin que nadie lo explique. Hay un primer plano injustificado de un perro pastor bailando. Dos jugadores de polo gemelos se quitan la ropa interior y saltan a una piscina cubierta con una alegría que desafía toda descripción.

Cada fotograma aparece saturado de humo de cigarrillo y de un amor por los años ochenta tan intenso que casi logra hacer que los prejuicios y la venalidad de la época parezcan tan entrañables como un plato de bacalao hervido en bolsa. Los diálogos son, como en la primera temporada, absolutamente fabulosos. Y la serie se las apaña para hacer guiños inteligentes sobre actitudes ya caducadas respecto a la homofobia y el pánico social que en su día rodeó al sida, caminando por esa cuerda floja con una elegancia que, viniendo de una producción así, resulta casi milagrosa.

Rivals es escapismo de altísima calidad que sabe exactamente lo que es y lo celebra sin complejos. Una serie que merece todos los elogios posibles y alguno más que el lenguaje todavía no ha inventado.

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