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Música

Galilee String Quartet: la familia palestina que rompe fronteras musicales

El cuarteto de cuerda formado por los hermanos Saad mezcla música clásica occidental con melodías árabes en un directo tan íntimo como imprevisible.

«Hemos dado muchos conciertos, pero es la primera vez que estoy nervioso», confiesa el primer violín con una sonrisa, bajando el instrumento antes de que haya sonado ni una sola nota. Antes de que pueda continuar, la chelista le interrumpe: «¡Se supone que tenemos que tocar primero!».

Dicen que un cuarteto de cuerda es como un matrimonio de cuatro. Pero, ¿y si la dinámica fuera más bien la de cuatro hermanos? El caso del Galilee String Quartet no es una metáfora: los hermanos Omar, Mostafa y Gandhi, y su hermana Tibah —todos ellos de la familia Saad— forman este conjunto palestino fundado en 2011.

Su historia arrastra una interrupción forzosa: en 2013, el hermano mayor, Omar, recibió una orden de reclutamiento del Ejército israelí. Se negó a servir y fue encarcelado como objetor de conciencia. El cuarteto tiene hoy su base en París, donde sigue puliendo su inconfundible fusión entre tradiciones musicales de Oriente y Occidente.

El concierto arrancó con el Langsamer Satz de Webern, la única obra puramente clásica del programa. Una elección estratégica: era como si el grupo quisiera demostrar primero que dominan el repertorio convencional antes de alejarse progresivamente de las texturas tradicionales. A lo largo de la velada, los atriles fueron desapareciendo, los instrumentos acústicos cedieron paso a micrófonos, y las cuerdas compartieron protagonismo con las voces, la percusión y el oud.

«¡Improvisamos!», anunció Mostafa antes de los dos últimos bloques. Y sin partituras por medio, los hermanos empezaron a tocar como hablan entre ellos: con complicidad, pequeñas disputas y chispazos de energía mutua. Ambas piezas —como la mayor parte del programa— llevan la firma del propio Mostafa: una fusión evocadora de técnicas y colores occidentales entrelazados con melodías árabes cargadas de ornamentación expresiva.

Sin embargo, buena parte de la velada tuvo sabor a trabajo en construcción. El Webern resultó algo apagado, con la afinación inestable y la textura sin anclar del todo. Los arreglos de Yallah Tnam Rima de Fairouz, y de Ya Habibi Ta’ala y Emta Hata’raf de Asmahan —cantadas con una belleza vulnerable y recogida por la chelista Tibah— no acabaron de aprovechar los recursos instrumentales disponibles.

El momento en que el conjunto mostró su verdadero potencial llegó con Sama’l Eitab, firmada por Gandhi: una «canción de reproche» que funde mundos con una atmósfera densa y cambiante, que pasa de coquetear con el tango de Piazzolla a explorar la cadenza de violín barroco. Allí sí se intuye lo que el propio grupo define como su «complicada historia como músicos y como seres humanos».

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