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Cultura pop

Dave Eggers: «Con la IA cocinada, somos una especie acabada»

El novelista y fundador de McSweeney’s carga contra la IA en la escritura y defiende la creatividad humana como algo irrenunciable.

Dave Eggers tiene 56 años, el pelo rizado ya gris, camiseta negra de gráfico y botas con cordones marrones. Parece el padre de un rockero, pero es uno de los escritores más comprometidos de Estados Unidos. Autor de más de una docena de novelas, fundador de la editorial y revista literaria McSweeney’s en San Francisco en 1998, y promotor de un buen puñado de iniciativas sin ánimo de lucro orientadas a democratizar el acceso a la literatura y las artes.

Su último proyecto es Art + Water, un centro de artes en el paseo marítimo de San Francisco inspirado en los talleres de artistas tradicionales. El modelo es sencillo: diez artistas consolidados ofrecen mentoría a veinte creadores emergentes locales a cambio de espacio de estudio gratuito. La asistencia no cuesta nada. Eggers tiene muy claro por qué esto importa: un máster de Bellas Artes en Estados Unidos puede costar fácilmente cien mil dólares al año, un precio «absurdo» que genera, según sus palabras, «un complejo industrial de las artes que hace desgraciada a todo el mundo».

Eggers también ayudó a fundar hace casi veinticinco años una red internacional de centros de escritura para niños. El original, 826 Valencia, está en San Francisco dentro de una tienda de suministros para piratas, porque la normativa urbanística obligaba a que el local tuviera uso comercial. Eggers cree que los niños necesitan más fantasía en sus vidas, no menos.

Y desde luego no necesitan más pantallas. En la biblioteca infantil del edificio, los chavales del barrio pueden leer, escribir a mano o a máquina, hacer sus propios fanzines o incluso enviarse cartas a través de un sistema de buzones en miniatura atendido por una persona real. «Si les das una opción tangible de verdad, siempre elegirán a la persona, la máquina de escribir, la tactilidad, antes que otra pantalla», afirma. «Pero damos por hecho que quieren más pantallas, les damos más pantallas, y no le hacemos ningún favor a nadie. Es una tragedia».

El gran enemigo ahora, sin embargo, tiene nombre: la inteligencia artificial. Eggers lo describe como un reto que va «más allá de lo existencial». Incluso entre los niños más listos encuentra posturas inquietantes: «Un chaval de diez años muy espabilado te dirá: ‘Yo no la uso para escribir, solo para generar ideas’». Para Eggers, eso es «muchísimo peor».

Ante esas situaciones, les recuerda a los alumnos su singularidad. «Eres uno de uno. Eres inédito en toda la historia de la humanidad. Solo tú tienes tu cerebro. Solo tú puedes pensar lo que piensas. ¿Por qué ibas a cederle eso a una máquina?». Y entonces su voz, normalmente tranquila y casi monótona, sube de tono: «En cuanto dejas que una máquina piense y escriba por ti, sois una especie acabada. Ese es el peor resultado distópico que podría existir».

Lo que le resulta más insoportable es la idea de que, sin que nadie nos obligue, decidamos que nuestra voz quedaría mejor expresada por «una máquina sin pensamiento que ha plagiado a todos los autores del mundo y ha producido esta terrible sopa de mala escritura».

Eggers y su mujer, la escritora Vendela Vida, forman parte de dos demandas colectivas contra Anthropic por el uso no autorizado de sus obras para entrenar sistemas de inteligencia artificial. «Ni siquiera creen que estén robando nada, porque para ellos todo es simplemente ‘contenido’», dice. La palabra contenido le parece «la peor palabra del mundo» porque deshumaniza la escritura y sugiere que «no tiene valor intrínseco y que da igual si lo ha hecho un humano o no».

Fue invitado a hablar en las oficinas de OpenAI sobre novelas escritas por IA. Reconoce que fue una conversación interesante y abierta, aunque no se ahorró el mensaje incómodo: «No existe el arte generado por inteligencia artificial. Solo los humanos pueden crear arte». Lo que una máquina produce es, como mucho, «imágenes generadas por ordenador».

Su nueva novela, Contrapposto, lleva gestándose unos veinte años y abarca seis décadas. Sigue la amistad y el romance frustrado entre Cricket y Olympia, que se conocen de niños. Eggers escribe los primeros borradores a mano y luego los pasa a un ordenador Mac de 1998 que nunca ha estado conectado a internet y que ahora va parcheado con cinta americana. Para escapar de la red en casa, escribe en un barco en la bahía de San Francisco, donde no hay cobertura y las únicas interrupciones son los pescadores que pasan y algún que otro delfín o foca.

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