El Sónar 2026 ya es historia, y no es una edición cualquiera. Por primera vez desde 1994, el festival se ha celebrado sin ninguno de sus tres fundadores (Enric Palau, Ricard Robles y Sergio Caballero), las figuras que convirtieron una rareza cultural nacida en el corazón de Barcelona en uno de los grandes espectáculos globales de la música electrónica y la cultura digital. Al frente llega ahora el belga François Jozic como nuevo CEO, y lo hace en un momento nada fácil, con las tensiones en torno al fondo KKR que el certamen arrastra desde 2025 y una transformación estructural interna de calado. Precisamente por eso, sacar adelante una edición tan solvente como esta tiene un mérito que conviene reconocer.
El mensaje que la organización difundió por todos sus canales antes de abrir puertas fue el de un Sónar “más Sónar que nunca”, y hay que decir que la promesa se cumplió. Lejos de precipitar una ruptura, la nueva dirección optó por proteger lo esencial de la identidad del festival en un contexto sensible, una decisión tan prudente como acertada. La gran apuesta de este año no fue tanto musical (buena parte del cartel estaba definida antes de los movimientos organizativos) como conceptual, y ahí es donde el nuevo equipo se ha jugado su carta con más ambición. Ha desaparecido la histórica separación entre Sónar de Día y Sónar de Noche, concentrando toda la programación en la Fira Gran Via de L’Hospitalet, en un horario continuo que iba de las cinco de la tarde al amanecer, con seis escenarios (tres al aire libre y tres cubiertos), un rediseño muy cuidado de tarimas y espacios de tránsito, el estreno del SonarLab y una instalación inmersiva como “Organysmo”, de LedPulse, ocupando la parte central del recinto.
Pero el gran acierto de esta edición no está solo en la logística: está en el público. La nueva dirección se percibe, sobre todo, en quién ha venido este año. Llamó la atención (para bien) que, incluso en la franja diurna (ese “Sónar de día” que ya no existe como formato pero que sobrevive en las primeras horas de programación), apareciera un target de asistentes distinto al habitual. Fue especialmente sorprendente el jueves, con un perfil de público más nuevo y menos vinculado a la tradición del festival de lo que estamos acostumbrados a ver. Es una señal muy prometedora de que el cambio de manos está logrando algo difícil, rejuvenecer y ampliar la comunidad del certamen sin espantar a los de siempre. Como toda primera edición, el nuevo formato tiene aún margen de ajuste (la franja de 17:00 a 19:30 lucía todavía algo tranquila y el día ha quedado un punto más difuminado que la noche), pero son detalles menores y perfectamente esperables en un estreno de esta envergadura, que sin duda se irán puliendo.
En términos de cifras, la organización habló de 150.000 asistentes a lo largo de toda la Sónar Week, entre el jueves y el domingo (apenas diez mil menos que el año pasado), un dato notable teniendo en cuenta la magnitud de los cambios acometidos. Y esa “Sónar Week” recibió este año un impulso remarcable, expandiéndose hacia el Parc del Fòrum, el Poble Espanyol, el club Moog y la Llotja de Mar, que acogió el Sónar+D, confirmando la voluntad de convertir Barcelona entera en un ecosistema de música electrónica, arte digital y cultura de club.
A nivel estrictamente musical, la nueva dirección supo mantener el listón de calidad de siempre. Se repitió la fórmula que tan buenos resultados da, combinar nombres clásicos con las nuevas luminarias globales. Entre los veteranos brillaron Cabaret Voltaire (Stephen Mallinder y Chris Watson recorriendo cincuenta años de trayectoria, con el recuerdo del fallecido Richard H. Kirk, en su segunda visita a Barcelona), cuyo set conectó las raíces industriales más crudas con el techno primitivo y el post-punk a base de “Theme from Earthshaker”, “Animation”, “The Crackdown”, “Just Fascination” y “Yashar”. También destacó Modeselektor, que volvió al formato directo seis años después para triturar las fronteras entre la contundencia industrial, los breaks y los subgraves, con un planteamiento minimalista de pura tradición berlinesa. A ellos se sumaron Miss Kittin, Speedy J (cuyo laboratorio Stoor arrancó el jueves junto a Colin Benders, Nadia Struiwigh, Reeko y .VRIL, centrado en la generación modular) y una nómina de nuevas figuras del hard techno como Reinier Zonneveld o Amelie Lens, del UK bass, del jungle y el drum’n’bass (con los padres de la criatura, Dillinja b2b Doc Scott junto a Medic MC, y Joy Orbison) y de la electrónica más melódica y vaporosa, como la de Nimino. Boys Noize ofreció una sesión que cambió del cerrado SonarHall al aire libre del SonarPark, encadenando techno, house y electro a gran velocidad, mientras que en el terreno nacional destacaron 30Drop, con un IDM de altos vuelos y visuales generativos, y el directo del internacional Daniel Avery.
Capítulo aparte merece la irrupción de la inteligencia artificial en el corazón creativo del festival, una apuesta de futuro que le sienta muy bien al nuevo Sónar. Daito Manabe, que lleva años explorando los cruces entre matemáticas, programación, imagen y sonido (de Rhizomatiks a colaboraciones con Björk o Squarepusher), presentó un nuevo espectáculo audiovisual desarrollado con herramientas procedentes de Google DeepMind, sumándose a ese creciente número de autores que incorporan la IA para amplificar sus creaciones. En su caso, los visuales no fueron un mero acompañamiento, sino parte estructural de una propuesta que se movió entre la ingeniería sonora y la transgresión.
El balance, en definitiva, es el de una edición de transición resuelta con nota. La nueva dirección se nota (en el recinto, en los horarios y, muy especialmente, en un público inédito que empieza a asomar), las cifras aguantan y la transformación se ha ejecutado con mano firme y sin rupturas traumáticas. Quedan, como es lógico, algunos frentes por afinar de cara al año que viene (terminar de activar la franja diurna, seguir puliendo la identidad del nuevo formato y consolidar ese cambio de perfil de asistente), pero son los deberes naturales de un proyecto que arranca con buen pie. El Sónar ha cambiado de casa y de manos sin perder el pulso, y lo ha hecho apuntando maneras. Habrá que estar muy atentos a lo que este nuevo equipo es capaz de construir en las próximas ediciones.