Disneyland Paris abrió sus puertas en 1992 con una ambición descomunal: ser el mayor parque temático de Europa. Más de tres décadas después, el resort sigue sin haber devuelto a Disney los 4.200 millones de dólares invertidos, según se desprende del análisis de sus informes financieros de los últimos treinta años.
La ironía es que, a día de hoy, el complejo parisino es el mejor parque internacional de la compañía fuera de Estados Unidos. En el año fiscal cerrado el 30 de septiembre de 2025, la empresa gestora, Euro Disney Associés (EDA), registró unos ingresos récord de 4.000 millones de dólares, un 8,4% más que el ejercicio anterior, impulsados por la implantación de precios dinámicos. El beneficio neto casi se triplicó hasta los 304,2 millones de dólares, también un máximo histórico.
Estas cifras positivas llegan justo cuando el parque ha inaugurado su mayor expansión jamás realizada: una nueva zona temática inspirada en la película Frozen, parte de una inversión de 2.500 millones de dólares. Al acto de apertura acudió el nuevo consejero delegado de Disney, Josh D’Amaro, junto al presidente francés Emmanuel Macron.
Entonces, ¿cómo es posible que con estos resultados Disney siga en números rojos? La respuesta hay que buscarla en los orígenes del proyecto. El Gobierno francés vendió a Disney una parcela de 2.230 hectáreas —casi una quinta parte de la superficie de París— con una condición: la compañía debía compartir la propiedad con accionistas públicos. Así, Disney comenzó controlando solo el 49% de Euro Disney, con el resto cotizando en el mercado Euronext.
Esta estructura obligó a financiar la construcción —que costó 4.900 millones de dólares— en casi un 60% con deuda bancaria. Disney aportó en un principio apenas 132 millones de dólares. La carga financiera fue asfixiante desde el primer día, agravada por el rechazo inicial de los turistas franceses a los precios elevados, la ausencia de alcohol en los restaurantes y el predominio del inglés como idioma del parque.
Desde 1992, Euro Disney solo ha obtenido beneficios netos en 13 ejercicios, acumulando pérdidas conjuntas de 3.700 millones de dólares. El año más negro fue 2016, cuando registró unas pérdidas récord de 961,8 millones de dólares tras el desplome de visitantes provocado por los atentados terroristas de París de noviembre de 2015.
Disney reaccionó con decisión: en 2017 compró el resto de acciones por 250,8 millones de dólares, retiró la empresa de bolsa y acometió un proceso de desapalancamiento que costó 1.700 millones de dólares adicionales. En total, la compañía ha desembolsado 6.800 millones de dólares en el resort parisino a lo largo de 34 años.
Los retornos han sido escasos. Disney solo ha cobrado un dividendo en toda su historia como accionista, en 1993, por un importe de 10,2 millones de dólares. En 1994 vendió un 10% de su participación al inversor saudí príncipe Alwaleed bin Talal por 140,9 millones de dólares. Las tarifas por gestión y royalties —por el uso de personajes y películas— han sumado 2.400 millones de dólares, menos de la mitad de lo invertido.
Ahora, tras la pandemia y con la amenaza del encarecimiento de los vuelos y la energía derivada del conflicto en Oriente Próximo, el camino hacia la rentabilidad plena sigue siendo largo. Euro Disney no podrá repartir dividendos hasta que sus pérdidas acumuladas queden completamente saldadas. El final feliz, de momento, tendrá que esperar.