No todos los documentales sobre el cambio climático tienen que ser un ejercicio de angustia colectiva. How to Live on Earth, dirigido por Fredi Devas y presentado por Benedict Cumberbatch desde el Museo de Historia Natural de Londres, apuesta precisamente por lo contrario: mostrar medidas concretas y positivas que personas y comunidades pueden adoptar para marcar la diferencia.
El resultado es una obra compuesta por distintos bloques con diferentes colaboradores, cada uno abordando un aspecto del problema ambiental desde un enfoque constructivo. El tono, eso sí, puede resultar algo empalagoso en ciertos momentos, con una banda sonora que parece indicarte cuándo debes sentirte esperanzado y cuándo directamente eufórico. Hay quien lo agradecerá; otros lo encontrarán más propio de un programa educativo para escolares que de un documental para adultos.
Uno de los asuntos que el filme recupera es el del consumo de carne, señalando la devastación medioambiental que implica la ganadería intensiva a través de la deforestación masiva. Sin embargo, lejos de cargar las tintas contra quienes disfrutan de un filete, el documental reconoce que los sustitutos vegetales como el micelio aún no están a la altura, aunque mejoran constantemente. Una honestidad que se agradece.
También se abordan iniciativas de bioinversión, modelos de negocio vinculados a la regeneración del mundo natural como fuente de materias primas. El filme viaja hasta Corea del Sur para entrevistar a un instructor de terapia forestal que usa los bosques como espacio de sanación, una práctica que podría parecer excéntrica pero que resulta difícil rebatir cuando uno piensa en el efecto restaurador de la naturaleza.
El naturalista y divulgador Dan O’Neill visita Singapur y, en lugar de horrorizarse ante el capitalismo a ultranza de la ciudad-estado, destaca su política de integrar espacios verdes en el entorno urbano. Un ejemplo que invita a la reflexión sobre cómo el desarrollo y la sostenibilidad no tienen por qué ser incompatibles.
El documental no ignora que las grandes transformaciones estructurales dependerán en última instancia de decisiones políticas tomadas por los gobiernos del G7. Pero defiende con convicción que el pensamiento colectivo desde abajo sigue teniendo un papel relevante. En un género acostumbrado al apocalipsis, esa apuesta por la acción concreta y el optimismo moderado tiene su propio valor.