La reputación de un cronista cultural puede tambalearse por un error de valoración, pero se hunde del todo cuando se le escapa un detalle esencial. Es lo que le ocurrió a Peter Biskind, uno de los analistas más respetados del Hollywood contemporáneo, cuyos libros publica en España Anagrama. Tras el exitoso Moteros tranquilos, toros salvajes, su narración del asalto de la contracultura al cine estadounidense, llegó Sexo, mentiras y Hollywood, que prometía hacer lo propio con el ascenso del cine independiente, el festival Sundance y el emporio Miramax.
En la práctica, Sundance ocupa poco espacio más allá de retratar la distancia imperial de su fundador, Robert Redford. El verdadero protagonista del libro son los hermanos Bob y Harvey Weinstein, fundadores de Miramax. Bob queda retratado como una suerte de Buda en la sombra, mientras que Harvey —una fuerza de la naturaleza tan visionaria como soez— se adueña de cada página. Apostó por Reservoir Dogs cuando Tarantino aún trabajaba en un videoclub, y se convirtió en el gran intermediario entre cineastas como Steven Soderbergh o Gus Van Sant y el dinero. Incluso rondó a Almodóvar, aunque Pedro nunca se sintió cómodo con aquel bocazas.
Conviene recordar que los Weinstein llegaron al cine desde el negocio del rock, habiendo ejercido como promotores de conciertos. No es un camino tan inusual: uno de sus competidores, Saul Zaentz, fue el fundador de Fantasy Records, la discográfica que incubó a Creedence Clearwater Revival. La atracción entre música y cine siempre ha sido mutua. George Harrison llegó a hipotecar su mansión para financiar su productora HandMade Films; Mick Jagger sigue al frente de Jagged Films; Elton John tutela Rocket Pictures; y Bob Dylan prefiere coproducir sus propias películas y documentales. El cine, por su parte, ha construido largometrajes enteros sobre canciones, desde la springsteeniana Jersey Girl hasta Carretera al infierno, inspirada en Riders on the Storm de los Doors.
Los Weinstein despegaron precisamente con documentales de actuaciones en directo, pero pronto detectaron territorios mucho más rentables. Se convirtieron en la puerta a la que llamaban los cineastas independientes en busca de financiación o distribución, respaldados desde 1993 por el dinero de Disney. Su influencia traspasó fronteras: Cannes aceleraba el pulso cuando aterrizaban los hermanos, y por Miramax pasaron nombres como Bertolucci, Scorsese o Woody Allen. Tenían fama de potenciar carreras, rentabilizar experimentos que los grandes estudios rechazaban y, sobre todo, de saber llegar a los Oscar.
Todo eso atrajo a un periodista con olfato como Biskind. El carismático era Harvey, una personalidad estruendosa rodeada de artistas sensibles necesitados de fondos. El cronista se pegó a él para escribir un libro cuyo título original en inglés —Down and Dirty Pictures— prometía más de lo que luego contenía. No había en sus páginas ni una sola referencia a los episodios de acoso y abuso sexual que Weinstein perpetró contra mujeres de su entorno. Biskind reconoció después que le llegaron los ecos, pero que no le encajaban en el texto que estaba construyendo.
Fue una pésima decisión. A la caída pública y judicial de Harvey Weinstein le siguió, inevitablemente, la del cronista que estuvo tan cerca y no quiso —o no supo— mirar donde había que mirar.