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Música

Confessions II, la mejor Madonna en dos décadas

Madonna vuelve con ‘Confessions II’, su álbum más vital desde 2005, cargado de nostalgia, vulnerabilidad y pista de baile.

Veintiún años después de su última obra maestra indiscutible, Madonna firma el disco más vivo, coherente y emocionalmente honesto de su siglo XXI. No es nostalgia: es una artista que por fin deja de perseguir el presente para demostrar que el futuro de la música de club sigue teniendo su firma.

Hay una idea perezosa que conviene desmontar cuanto antes: la de que una secuela es siempre una rendición. Que quien anuncia Confessions II dos décadas después de Confessions on a Dance Floor está admitiendo, por la puerta de atrás, que ya no sabe qué inventar. Basta escuchar los primeros treinta segundos de este disco —esa voz que se desliza entre las sombras diciendo que puede ser quien quiera ser, ocultándose tras un velo púrpura en la portada de Rafael Pavarotti— para entender que aquí no hay nadie pidiendo perdón. Hay una mujer de sesenta y muchos años que sobrevivió a una sepsis que estuvo a punto de matarla, que reconstruyó una carrera entera en escena durante The Celebration Tour, y que ha decidido que el mejor sitio para contar quién es de verdad no es una biografía de Hollywood ni un documental: es una pista de baile

Y funciona. Vaya si funciona.

La secuela como declaración de principios

El gesto podría haber sido cínico. La industria lleva años enseñándonos que “parte dos” suele significar “no nos quedaban ideas”. Pero Confessions II invierte por completo esa lógica. En lugar de fotocopiar el house luminoso y discotequero de 2005, Madonna y Stuart Price —su cómplice de siempre, coautor del original y director musical de la última gira— se han ido más atrás y más adentro, hacia el house crudo y espiritual de Detroit y Chicago. Esa decisión lo cambia todo. Donde el primer Confessions brillaba como una bola de espejos, este segundo capítulo late como un sótano a las cuatro de la mañana: más oscuro, más sinuoso, más carnal.

El disco dura sesenta y tres minutos y está montado, igual que su predecesor, como una sesión de DJ sin cortes: los temas se funden unos en otros sin dejar respirar, de manera que el oyente no elige canciones, elige entrar. Es una estructura arriesgada en la era del streaming y del salto compulsivo de pista, y precisamente por eso es una de las cosas más valientes del proyecto. Madonna te obliga a quedarte. Te obliga a bailar el disco entero como se bailaban los discos cuando ella empezó, en aquel Danceteria que aquí convierte en templo.

Un cuerpo que todavía entiende el ritmo

La primera media hora es, sencillamente, impecable. ‘I Feel So Free’ abre con un sample de ‘French Kiss’ de Lil Louis, ese clásico de 1989 que sigue sonando como una amenaza sensual, y a partir de ahí el disco no suelta la presa. ‘Good for the Soul’ introduce ese skip rítmico tan del UK garage y desata una euforia que hacía años que no le oíamos a Madonna con esta naturalidad. ‘Love Sensation’ —incomprensiblemente ausente de la edición estándar de doce cortes, un pequeño escándalo doméstico que los fans corregirán en cuanto encuentren la versión ampliada— es puro verano, con destellos de Daft Punk y de Stardust, la clase de bombazo elástico que devuelve la fe.

Lo decisivo es que nada de esto suena a impostura. Y ese es el gran alivio, el que reconcilia. Recordemos la Madonna de la década pasada: el trap incrustado con calzador en Rebel Heart, los duetos con Maluma en Madame X intentando subirse al carro del pop latino, esos gestos de relevancia forzada que sonaban a alguien corriendo detrás de un tren que ya había arrancado. Aquí no hay nada de eso. No hay guiño al drum and bass revival, ni imitación de las producciones de PinkPantheress o Charli XCX. Madonna no persigue nada porque, por primera vez en mucho tiempo, no lo necesita: ha vuelto al terreno que conoce hasta el tuétano, el house negro y queer del que aprendió a ser Madonna, y desde esa autoridad se permite el lujo más difícil de todos, que es sonar cómoda.

Stuart Price, hay que decirlo, hace aquí uno de los trabajos de producción de su vida. La confianza se oye en detalles que a un productor inseguro le darían pánico: los largos tramos instrumentales sin voz, estirados como un remix de doce pulgadas, dejando que la máquina hable. El acid que estalla a mitad de ‘Love Without Words’. El piano contenido de ‘One Step Away’ que evoca el deep house de Mr Fingers. La guitarra española y la batucada sampleada de ‘Read My Lips’. Es un disco hecho por gente que ama esta música y que no tiene nada que demostrarle a nadie salvo a sí misma.

Nueva York, 1982: el corazón del disco

Si la primera mitad es cuerpo, el centro del álbum es memoria, y ahí es donde Confessions II se convierte en algo más que un excelente disco de baile. ‘Danceteria’ es, para mí, la cima absoluta: un paseo sudoroso por el club donde empezó todo, donde convenció al DJ Mark Kamins para que pinchara la maqueta de ‘Everybody’ y consiguió su primer contrato. La canción es una cápsula del tiempo que desfila por el Nueva York de principios de los ochenta con una generosidad casi documental —Basquiat, Keith Haring, el portero Haoui Montaug, Nile Rodgers dejando caer su guitarra disco, los Rock Steady Crew presentados con el redoble Apache— y que se atreve incluso a citar el ‘Walk on the Wild Side’ de Lou Reed para enlazar dos mundos marginales de Manhattan. Coproducida por Andrew Watt y Cirkut, es la clase de tema que debería haber sido el primer single, y el hecho de que se presentara en un cortometraje con Kate Moss y Benedict Cumberbatch solo confirma que Madonna sabía perfectamente lo que tenía entre manos.

No es la única postal. ‘LES’, la que cierra el álbum, es un recuerdo delicioso y ligero de un flechazo adolescente con un chico guitarrista del Lower East Side; Madonna canta sobre sus propias “raíces sucias bajo el rubio decolorado” con una ternura hacia su yo de 1982 que resulta desarmante. Es el broche perfecto: después del peso emocional del último tercio, un caramelo que te devuelve la sonrisa.

El tercer acto: duelo, culpa y una honestidad sin red

Y ese peso emocional es lo que eleva Confessions II por encima de un simple ejercicio de recuperación de forma. Alrededor de los cuarenta minutos, el disco baja las revoluciones y se pone frágil de verdad. ‘Fragile’ es una elegía a su hermano Christopher, con quien mantuvo una relación tormentosa y una reconciliación tardía; es una balada rave —contradicción hermosa— donde el breakbeat casi le disputa el protagonismo al sentimiento, pero donde el deseo final de que él haya encontrado un lugar mejor te deja el nudo en la garganta.

Después llega ‘Betrayal’, probablemente la pieza más sofisticada del conjunto: un trip-hop jazzístico con un fragmento hablado del belga Stromae y una interpolación de la Gnossienne nº 1 de Erik Satie —empleada con un gusto exquisito, muy lejos del pegote de Chaikovski que arruinaba ‘Dark Ballet’ en 2019— que parece dirigida a su madrastra Joan Ciccone, fallecida de cáncer en 2024. Y luego ‘The Test’, el dúo con su hija Lourdes sobre una base tranceada y espaciosa, una secuela adulta de aquella nana que era ‘Little Star’ en Ray of Light. Aquí Madonna hace algo que casi nunca hace: pedir perdón. Reconocer el dolor que causó, admitir las luces cegadoras que su hija nunca pidió. Y Lourdes le responde reivindicando su independencia, hilando su propio diseño sobre lo que su madre cosió. Es un diálogo intergeneracional de una madurez conmovedora, sin autocompasión ni sensiblería.

Este último tramo emparenta el disco con lo mejor y más incomprendido de su catálogo: la Erotica de 1992, aquel álbum crepuscular nacido también del house underground y atravesado por la pérdida en plena crisis del sida. Confessions II recoge ese testigo. Hay guiños sonoros por todas partes —’Everything’ coquetea con ‘Justify My Love’, ‘My Sins Are My Savior’ con ‘Bedtime Story’— pero lo importante no son las citas, sino la sensación de que Madonna ha construido un disco que dialoga con toda su historia sin quedarse atrapada en ella.

Contra el algoritmo

Hay, además, una tesis política que recorre el álbum y que conviene tomarse en serio. Madonna se declara desconcertada ante una generación que ha cambiado la intimidad piel con piel por el scroll anestesiante de TikTok —”nadie quiere salir, y eso me revienta la cabeza”, viene a decir— y, más allá de la boutade generacional, hay ahí una reivindicación de fondo. En ‘Bring Your Love’, el dúo con Sabrina Carpenter estrenado en Coachella (con su descarado homenaje a ‘Express Yourself’ y su guiño al ‘Good Life’ de Inner City), Madonna rechaza que se la mida por números. Ella misma lo ha explicado: empezó este disco sin pensar en las listas ni en el streaming, porque trabajar solo en términos de algoritmos e inteligencia artificial impide asumir riesgos, que es justo lo contrario de hacer arte.

Es una defensa cómoda, sí, sobre todo cuando el single se quedó en un discreto número 29 en el Reino Unido. Pero es también una recalibración necesaria y, francamente, coherente con toda su trayectoria. Y la elección de Carpenter como cómplice está lejos de ser un gesto oportunista de relevancia juvenil: las dos han sufrido la misma tormenta de comentarios sexistas por sus letras y su forma de vestir, la misma gente confundiendo la sátira del deseo masculino con su celebración. Que se den la mano no es marketing. Es linaje.

Lo que no es perfecto (y por qué da igual)

La crítica de manual señalará que Confessions II es casi diez minutos más largo que el original y que podría prescindir de un par de temas menos memorables. Que ‘School’, con su referencia a Picasso y sus voces troceadas, es lo más experimental y áspero del conjunto. Que le falta un pelotazo pop de oro macizo, un ‘Hung Up’ que arrase en cualquier pista del planeta. Todo eso es cierto sobre el papel.

Y sin embargo importa poco. Porque juzgar este disco por si tiene o no un single de karaoke universal es no haber entendido lo que Madonna ha venido a hacer aquí. Confessions II no busca el momento, busca la duración. No es una colección de singles: es una experiencia continua, un viaje de una hora que solo revela su verdadera forma cuando lo escuchas entero, en orden, sin saltar. ‘Danceteria’, con su house disco de colores encendidos, se acerca lo suficiente al himno para que la ausencia de un ‘Hung Up’ se convierta en anécdota. Y el supuesto exceso de metraje es, en realidad, generosidad: Madonna te está regalando más tiempo en su templo, no menos.

Veredicto

Digámoslo sin hedging, que es lo que Madonna misma haría: este es el mejor disco de Madonna desde Confessions on a Dance Floor, y me atrevo a ir más lejos. Es su trabajo más necesario en más de veinte años, el primero en muchísimo tiempo en el que no se percibe ni una gota de ansiedad por seguir siendo relevante, precisamente porque desde la primera nota lo es. Es lo más cerca que hemos estado de escuchar a la Madonna real —la mujer, no el personaje— desde Ray of Light, hace casi treinta años. Y lo asombroso es que lo consigue no quitándose la máscara, sino bailando con ella puesta hasta que se le cae sola.

La grande dame del pop podría haberse limitado a curar su legado, a dejarse querer, a vivir de las rentas de una carrera que ya le ha valido un récord Guinness y más de 400 millones de discos vendidos. En lugar de eso ha vuelto al sótano, ha vuelto al house, ha vuelto a los muertos que la habitan y a la hija que la desafía, y ha hecho un disco que no necesita a nadie de vuelta para justificarse pero que, casi sin proponérselo, va a recuperar a todos los que se fueron. Como cantaba hace mil años: solo cuando baila se siente así de libre.

Confessions II es la prueba de que sigue siendo verdad.

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