Aziz Ansari sabe perfectamente quién tiene delante. En su actuación del sábado por la noche, arrancó prometiendo terminar antes del pitido inicial del partido de Inglaterra y cerró el espectáculo con una versión de Wonderwall al órgano, ese instrumento monumental que presidía el escenario. Un guiño tan calculado como efectivo para ganarse al público local desde el primer segundo.
Lo que ocurrió en el medio fue una hora de monólogos sobre el momento vital del cómico: tres años de matrimonio intercultural, una vida repartida en parte entre Londres y su vida en Estados Unidos, y el intento —de momento infructuoso— de tener hijos. Todo ello contado con la fluidez y el talento natural de alguien a quien hacer reír parece no costarle nada. Entretenido, sí, aunque en ocasiones resulta algo ligero de más.
En ese sentido, este Ansari recuerda al de antes de la polémica: el brillante protagonista de Parks and Recreation que escaló hasta la primera división de la comedia anglosajona con un humor social afilado y aparentemente sin esfuerzo. Hay menos rastro aquí del Ansari más sombrío de los últimos tiempos, aquel cuya obra se volvió notablemente menos luminosa tras ser acusado públicamente de conducta sexual inapropiada. Él reconoció haber pedido disculpas a la mujer al conocer su malestar, pues consideró el encuentro consensuado. En el escenario, enfundado en un traje tan reluciente que haría palidecer al mismísimo Ben Elton, dispara chistes chispeantes y con frecuencia provocadores que se deslizan con gracia por la superficie de su vida y de nuestra época, sin llegar nunca a arañar demasiado hondo.
Algunos de sus mejores momentos llegan al principio, cuando se burla de la fragilidad de su propia identidad cultural («Soy un indio de nivel cero») y traza una comparación hilarante entre su propio matrimonio interracial y el de JD Vance. Más adelante, explota con habilidad el filón de los tabúes al especular sobre el color de piel que podría tener su futuro hijo y qué tradición cultural impondría el nombre.
Esa chispa traviesa, sin embargo, brilla por su ausencia en la primera parte del show, que se entretiene —de forma agradable pero sin urgencia— en la supuesta adicción de Ansari a YouTube y en un enredo cómico sobre confusiones de identidad en una fiesta de famosos. Hay también una secuencia que recuerda mucho al célebre monólogo de Bill Hicks sobre los «hooligans» ingleses, con Ansari ridiculizando el tono inofensivo de los avisos de seguridad en el metro de Londres.
En la segunda mitad, el cómico aborda el proceso de fertilidad que él y su mujer están atravesando. En un momento en que la comedia ya no huye de la sinceridad emocional, Ansari opta por mantenerse en el terreno de lo animado: bromas sobre lo mucho menos exigente que resulta el proceso para el hombre, y el inevitable chiste sobre el material pornográfico disponible en la clínica de donación de semen. La alegría es su derecho, al fin y al cabo estamos ante un show de comedia, pero el resultado se queda un poco en lo fácil. Esa sensación se acentúa en el tramo final, cuando cita un emotivo intercambio de mensajes con su esposa para después desmontarlo con un gag.
Con todo, hay varios momentos de auténtico ingenio que compensan. Destaca especialmente un número en espiral hacia el absurdo en el que Ansari pide consejo a un chatbot sobre sensibilidad cultural: una pieza muy lograda que deja claro por qué sigue siendo uno de los cómicos más dotados de su generación.
Terminó antes de las diez de la noche. No es el espectáculo de Ansari más redondo ni más revelador, pero como aperitivo resulta difícil ponerle pegas.