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Televisión

El documental que desvela cómo la ketamina llega antes que la pizza

Un nuevo documental sigue a adictos a la ketamina en recuperación y retrata el auge alarmante de esta droga entre los jóvenes del Reino Unido.

Down the K Hole es el nuevo documental de Stacey Dooley, presentadora británica conocida por sus trabajos de investigación social. La pieza forma parte de un lote de tres nuevos trabajos y se centra en el auge de la ketamina como droga recreativa, con un aumento del 20% en los ingresos hospitalarios relacionados con su consumo en el Reino Unido desde 2023.

Durante cuatro meses, Dooley se integra en Acorn Recovery Projects, un centro de rehabilitación en Stockport, donde sigue de cerca las historias de varios adictos en proceso de recuperación y de sus familias. El resultado es un retrato humano y en ocasiones devastador de cómo esta sustancia —originariamente un tranquilizante para caballos— se ha convertido en la droga favorita de los menores de 24 años por su precio bajo, su fácil acceso y la ausencia de resaca al día siguiente.

«Puedes pedir pizza y ket, y el ket llega antes», cuenta Jensen, uno de los residentes del centro, que lleva ocho años consumiendo la droga casi a diario y acumula seis semanas limpio en el momento del rodaje. «Con 40 o 50 libras te llevas 7 gramos». Una ecuación económica que explica, al menos en parte, por qué arraiga con tanta facilidad entre la gente joven.

El documental no escatima en detalles sobre las consecuencias físicas. El personal de Acorn describe con crudeza el llamado «ket bladder»: una vejiga destrozada por el abuso de la sustancia que provoca dolor constante, necesidad imperiosa de orinar y sangre con tejido en la orina. «Parece flema», explica Mel, la responsable de admisiones, mientras le muestra una fotografía a Dooley. «Comprar braguitas de protección para chicos de 19 años… ¿cómo hemos llegado hasta aquí?»

Los testimonios de los protagonistas apuntan a historias personales de pérdida y dolor. Jensen perdió a su madre en 2019. Liam también, y disparó su consumo tras el duelo. Lauren, que lucha contra la depresión desde hace años, recayó tras sufrir un aborto y afronta su segunda estancia en rehabilitación. En todos ellos late una misma necesidad: apagar, aunque sea temporalmente, un sufrimiento que no saben gestionar de otra manera.

Donde el documental flojea es precisamente en no ir más allá de esa constatación. Dooley recoge los testimonios con empatía y los reformula con sinceridad, pero raramente profundiza en las preguntas más incómodas: ¿por qué unos caen en la adicción y otros no? ¿Qué hay detrás de esa necesidad de «estar en otro sitio»? La mayoría de los participantes reconocen que solo buscan ayuda cuando el daño físico ya es irreversible. «Si no estuviera sufriendo las consecuencias, seguiría haciéndolo», admite Liam, en cama y con dolor crónico, mientras su familia describe años de angustia y miedo a perderle.

El documental cumple con el objetivo de poner el foco en un problema que crece en silencio. Pero se queda en señalar las nubes sin adentrarse del todo en la tormenta. Una hora de televisión que conmueve, informa y preocupa, aunque deja con la sensación de que tanto el tema como la propia presentadora tenían mucho más que contar.

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