En 1893, cuando Arthur Conan Doyle introdujo a Mycroft Holmes en El intérprete griego, el hermano mayor del detective suspiraba al conocer al doctor Watson: «Oigo hablar de Sherlock en todas partes desde que te convertiste en su cronista». Más de un siglo después, la situación no ha hecho más que agravarse.
Este año ya ha llegado Young Sherlock en Prime Video —con Hero Fiennes Tiffin en el papel protagonista—, una tercera entrega de Enola Holmes en camino, una segunda temporada de Sherlock & Daughter con David Thewlis, y nuevos rumores de que Robert Downey Jr volverá a calzarse el gorro de cazador para una tercera aventura en el cine. Y a principios de mes, Sky anunció además The Death of Sherlock Holmes, una miniserie de seis episodios con Rafe Spall como un Holmes amnésico que debe deducir su propia identidad en los Alpes suizos.
La pregunta es inevitable: ¿hemos llegado por fin al punto de saturación? Las pruebas llevan acumulándose más de una década, desde que Guy Ritchie rodó su primera película y Mark Gatiss y Steven Moffat ficharon a Benedict Cumberbatch para modernizar al personaje. Desde entonces han llegado el Mr. Holmes de Ian McKellen, The Irregulars de Netflix e incluso la rareza animada Sherlock Gnomes.
Sin embargo, Moffat no lo ve así. «Siempre ha habido adaptaciones de Sherlock Holmes, ya durante más de cien años, y no parece que haya forma de pararlas ni que el apetito disminuya», afirma el guionista. Cuando llegó su versión para la BBC en 2010, convivió con los filmes de época de Ritchie. «Enfoques muy distintos, pero ambos reconociblemente Sherlock», señala. Sobre la nueva propuesta de Spall, Moffat es rotundo: «Me contó la idea y me parece absolutamente brillante. Un enfoque completamente nuevo sobre el original, nunca hecho antes, creo. No puedo esperar a verlo».
La reinvención, al fin y al cabo, forma parte de la naturaleza del personaje. El propio Conan Doyle fue el primero en resucitarlo tras despeñarlo por las cataratas de Reichenbach, presionado por unos lectores que exigían su regreso. En el canon original solo volvió una vez; en las adaptaciones, ha resucitado sin cesar, alejándose cada vez más del material de partida.
A los puristas, curiosamente, no parece importarles. Calvert Markham, presidente de la Sherlock Holmes Society of London, lo explica así: «La alegría está en que Holmes sigue inspirando obras originales que todos podemos disfrutar». Las reinterpretaciones no molestan a los tradicionalistas siempre que respeten y reconozcan los textos originales. Antes de que llegara la versión de Cumberbatch, Moffat y Gatiss incluso consultaron a la sociedad. «Y reconocieron los matices del canon», recuerda Markham.
El éxito de Young Sherlock en Prime Video —uno de los diez programas originales más vistos de la plataforma en toda su historia— o los siete años en antena de Elementary en la CBS demuestran que el personaje sigue siendo comercialmente fiable. Sam Naidu, profesora de Literatura Inglesa en la Universidad de Rhodes, lo explica con claridad: «La marca Sherlock Holmes vende». Y en tiempos de incertidumbre, añade, la demanda crece: «Esta inestabilidad genera la necesidad de un icono seguro, reconfortante y familiar de la razón y el orden. Holmes sigue ofreciendo el consuelo de los crímenes resueltos, el orden restaurado y el triunfo del bien sobre el mal».
A diferencia del llamado «cansancio de los superhéroes», el interés por Holmes no mengua: hay una nueva obra de teatro en el Regent’s Park Open Air Theatre de Londres para la temporada 2026, un videojuego reciente y una producción literaria que va desde series de manga japonés hasta una trilogía de novelas sobre Mycroft Holmes escrita por el exjugador de la NBA Kareem Abdul-Jabbar.
Todo apunta, en última instancia, a la solidez del material original. Conan Doyle escribió casi 700.000 palabras —cuatro novelas y 56 relatos— con personajes tan bien construidos que siguen funcionando aunque se les cambie el género, se fusionen o se deformen hasta hacerlos casi irreconocibles.
Moffat, eso sí, lanza una advertencia a quienes pretendan ir demasiado lejos: «El formato es más listo que tú. Lo estudias, examinas las reglas y haces lo que te dicen. Está bien que intentes forzarlo un poco. Pero lo grande, déjalo en paz. Recuerda que no eres suficientemente inteligente. Si crees que estás aquí para arreglar a Sherlock Holmes, te van a dar una buena. Sherlock Holmes, como concepto, es simplemente más listo que todas las personas que lo han escrito o que lo escribirán jamás. Excepto Conan Doyle, claro».
Ahí está la clave. La «fatiga de Sherlock» solo llegará cuando empecemos a erosionar lo que hizo al personaje irresistible desde el principio: su misterio.