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Cine

The Mandalorian and Grogu: ¿ha cambiado Star Wars para siempre?

La nueva película de Star Wars llega con tono de serie y sin grandes amenazas galácticas. ¿Es eso un problema o exactamente lo que necesitaba la saga?

The Mandalorian and Grogu no es la épica wagneriana que nos tiene acostumbrados la saga de George Lucas. No hay Sith, no hay profecías, no hay amenazas que pongan en jaque a toda la galaxia. Hay un padre espacial taciturno, un pequeño caos verde con orejas puntiagudas y una misión que, seamos sinceros, suena más a trámite burocrático que a destino épico. Y precisamente por eso la crítica la está recibiendo con cierta tibieza.

La película arranca con Din Djarin y Grogu ejerciendo básicamente de contratistas freelance al servicio de la Nueva República. Reclutados por la coronel Ward —interpretada por Sigourney Weaver—, su encargo es localizar a Rotta el Hutt, hijo de Jabba, enredado con los gemelos Hutt y los restos del antiguo sindicato criminal de su padre. No es exactamente «Darth Vader es tu padre», pero tiene su gracia.

Lo que sí ofrece el filme es generoso: la primera aparición en pantalla grande del mundo natal de los Hutt, Nal Hutta, unas escenas de acción notables en el planeta Shakari y una revisión sorprendente de lo que la especie Hutt puede dar de sí. Rotta, al que da voz Jeremy Allen White, resulta ser un personaje con más capas de las esperadas: ingenuo, sí, pero decidido a escapar de la sombra criminal de su padre. En términos de desarrollo narrativo dentro de la saga, eso es más original de lo que parece.

El director Jon Favreau presenta a los Hutt como criaturas físicamente capaces, algo que el canon cinematográfico nunca había explorado. Rotta, en particular, aparece como un gladiador fornido que combate cada noche para beneficio ajeno. Es un giro lateral en el universo de Star Wars, alejado del recurso habitual de descubrir otro linaje Jedi o Sith secreto. Y en ese movimiento hay algo refrescante.

Otro de los cambios más sutiles afecta al propio Mando. Durante las primeras temporadas de la serie, el «no te quites el casco» era casi un voto sagrado. «Este es el Camino» sonaba a juramento de sangre, no a costumbre cultural. En la película, cuando los gemelos Hutt le arrancan el yelmo a la fuerza, su reacción es un encogimiento de hombros y una amenaza velada. El credo mandaloriano ya no funciona como doctrina religiosa inamovible, sino como un código personal en negociación constante. Es un cambio que llevaba gestándose, pero aquí queda confirmado.

Hay quien apunta que la cuarta temporada cancelada de la serie —víctima de las huelgas de guionistas y actores de 2023— habría tenido un aspecto muy similar a esta película. Eso explica en parte esa sensación de «vibraciones de streaming» que algunos le atribuyen: stakes más bajos, ritmo pausado, sin la urgencia cinematográfica que se le presupone a una superproducción de Star Wars en salas.

Y luego está Grogu. Baby Yoda ha trascendido la propia mitología de la saga. Hay una secuencia de casi quince minutos en la que el pequeño simplemente deambula por Nal Hutta mientras Mando se recupera de un veneno. No pasa gran cosa. Y sin embargo funciona, porque Grogu es emocionalmente legible para cualquiera, al margen de si uno sabe qué significa «el equilibrio en la Fuerza». Eso es un superpoder narrativo enorme, y también un riesgo: que toda la maquinaria mítica de la saga —los Skywalker, la República, el Imperio, la rebelión— acabe siendo mero decorado alrededor de un muñeco verde que pone carita de confundido.

Las primeras cifras de taquilla sugieren que el despegue no ha sido tan rotundo como Disney esperaba. The Mandalorian and Grogu es una película disfrutable, cálida y con momentos genuinamente inventivos. Pero la pregunta que deja en el aire es más profunda: ¿sigue importando la galaxia, o solo importa Grogu? Por ahora, la saga parece apostar por lo segundo. Y puede que eso sea exactamente lo que necesitaba.

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