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Cine

Los cocineros de los dictadores: entre el lujo y el terror

Un nuevo documental recoge los testimonios de los chefs privados de Pol Pot, Kim Jong-il, Idi Amin, Pinochet y Sadam Husein.

Los cocineros de los dictadores: entre el lujo y el terror
Un nuevo documental recoge los testimonios de los chefs privados de Pol Pot, Kim Jong-il, Idi Amin, Pinochet y Sadam Husein.

Kim Jong-il era un apasionado de la pizza de pepperoni. Sadam Husein no podía resistirse a una barbacoa de pescado. Idi Amin, según cuentan, era capaz de zamparse una cabra asada entera. Los menús eran distintos, pero el apetito era el mismo. Para los déspotas más temidos de la historia, la mesa sirvió también como escenario de poder. Y para los cocineros que los sirvieron, cada plato llevaba consigo unas consecuencias extraordinarias.

How to Feed a Dictator es un documental de 95 minutos que se estrena esta semana en el Festival de Tribeca. Basado en el libro homónimo del periodista polaco Witold Szabłowski, publicado en 2020, la película recoge los testimonios de cinco chefs privados que trabajaron para algunos de los líderes más sanguinarios del siglo XX. El director, Andrew Neel, plantea la cinta como un ejercicio incómodo sobre la moral y la supervivencia. «Tiene algo de la banalidad del mal de Hannah Arendt», explica Neel. «Cosas cotidianas y queridas para nosotros, como la comida, pueden adquirir una dimensión completamente distinta en el contexto de una dictadura.»

El documental funciona como un menú de degustación: cada historia es un bocado diferente. Keo Samoun aparece ante la tumba descuidada de Pol Pot, depositando pescado, fruta y arroz para un hombre al que todavía venera casi como a un dios. El famoso pizzero italiano Ermanno Furlanis, en cambio, recuerda con horror los encargos de Kim Jong-il: su vida bajo vigilancia constante, el pasaporte confiscado por el Estado y el funcionario que irrumpía en su cocina para comprobar que las aceitunas estuvieran colocadas a la distancia exacta.

Ningún chef carga con un peso tan visible como el ugandés Charles Otonde Odera. Describe sus primeros días al servicio de Idi Amin como una transformación radical: de ser un joven sin recursos pasó a conducir un Mercedes y mantener a ocho esposas. La comodidad era la moneda de cambio. «El chef de Sadam recibía un coche nuevo cada año», señala Neel. «Esa frase, ‘era un trabajo fantástico’, creo que en realidad mueve el mundo. Como cuando se dice ‘solo eran negocios’.»

Fue el hallazgo del cadáver de Kay, segunda esposa de Amin, en el maletero de un coche —con rumores de que él mismo la había mandado matar— lo que hizo recapacitar a Odera. «Echaba de menos mi sueldo mísero de antes», confiesa en la película. «Al menos tenía el corazón en paz.» Odera describe a Amin como «un hombre de grandes apetitos», y recuerda que le ordenó cocinar un corazón humano. Su carrera dio otro giro oscuro cuando uno de los hijos de Amin sufrió un dolor de estómago tras una comida, un incidente inocente que le valió una condena a muerte.

En el extremo opuesto del espectro moral está Coco Pacheco, el chef chileno de Augusto Pinochet, que conserva bajo una urna de cristal una de las gorras del dictador, atesora fotografías de sus años juntos y reivindica el golpe de Estado como un acto de valentía. Sobre las decenas de miles de personas que Pinochet mató, torturó o envió al exilio, Pacheco despacha el asunto con una frialdad pasmosa: «Tuvo que dar las órdenes que no quería dar. Así es la vida.»

El ex chef de Sadam Husein, que aparece en pantalla como una silueta negra y habla con pseudónimo, llama al dictador «el padre de Iraq» y compara su ejecución con la pérdida de un familiar. Su anonimato se debe, más que al miedo a los aliados del régimen, al temor a los enemigos de Sadam. «Queríamos asegurarnos de que no pudiera ser identificado mediante inteligencia artificial», explica Neel.

El momento más tenso del documental llega cuando uno de los traductores de Neel, superviviente de las torturas de los Jemeres Rojos, confronta directamente a Samoun con su propia experiencia. Ella rompe a llorar: «Aunque cometió errores, no todo podía ser malo.» La disonancia entre víctimas y cómplices, entre los que sufrieron el régimen y los que se beneficiaron de él, es precisamente el nervio que el documental toca sin piedad.

Neel reconoció haber valorado incluir a Donald Trump en la película, aunque aclara con énfasis que «no es un dictador». Llegó a localizar a un chef que cocinó para él antes de su primera elección, pero tras ganar los comicios el hombre dejó de responder. La razón, intuye el director, es la misma de siempre: «Probablemente tenía un trabajo fantástico.»

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