Quantcast
Connect with us

Cine

El cine de terror lleva al diván a los psicólogos rotos

Una nueva oleada de películas convierte a los terapeutas en protagonistas atormentados, tan frágiles como sus propios pacientes.

El cine de terror lleva al diván a los psicólogos rotos
Una nueva oleada de películas convierte a los terapeutas en protagonistas atormentados, tan frágiles como sus propios pacientes.

Hay un viejo dicho que reza que «todo terapeuta necesita un terapeuta». Ya en los albores del psicoanálisis, Sigmund Freud sostenía que los propios analistas debían someterse a análisis. El cine reciente ha tomado esa idea y la ha llevado al extremo: los profesionales de la salud mental ya no son personajes secundarios ni villanos de manual, sino protagonistas tan a la deriva como cualquier otra persona.

Durante décadas, el terapeuta en pantalla fue poco más que un apoyo narrativo, desde El indomable Will Hunting (1997) hasta Los Soprano. Pero algo ha cambiado. En el plazo de un mes en las salas británicas coinciden dos títulos con psicólogos como figuras centrales. Backrooms muestra a Renate Reinsve desmoronarse desde psiquiatra serena y autora de autoayuda hasta un ser humano al límite, perdida en los corredores de su propia mente. Y en A Private Life, de Rebecca Zlotowski, una Jodie Foster francófona interpreta a una terapeuta reconvertida en detective que investiga la muerte de un antiguo paciente sin advertir que en realidad está intentando compensar sus fracasos como pareja y madre.

A estas se suma If I Had Legs I’d Kick You, de Mary Bronstein, en la que Rose Byrne encarna a una terapeuta y madre desbordada atrapada en una espiral descendente. O Smile (2022), donde una psiquiatra interpretada por Sosie Bacon es perseguida por una metáfora sobrenatural de su propio deterioro mental. El patrón es claro: el terapeuta ya no salva, sino que también se hunde.

El detonante de este desfile de psicólogos en crisis tiene una explicación bastante obvia: nunca había tanta gente en terapia. Una encuesta de 2026 reveló que el 37% de los adultos en el Reino Unido buscaba estos servicios, un 2% más que el año anterior. Lo que hace años estaba estigmatizado hoy se considera casi sexy. El auge de los influencers de salud mental, el fenómeno «TherapyTok» o podcasts como Where Should We Begin? de Esther Perel han llevado el vocabulario terapéutico al centro de la cultura popular. La televisión de telerrealidad, con formatos como Couples Therapy, ha hecho el resto.

Ese lenguaje terapéutico ya ha calado incluso en producciones de franquicia. En Renfield (2023), el secuaz de Drácula tiene la revelación de que mantiene una relación de codependencia enfermiza con su amo. Más allá de estos guiños, la reputación cinematográfica de los terapeutas venía deteriorándose desde hace años: el personal de un psiquiátrico conspirando en Shutter Island (2010), la despiadada doctora Lilith Ritter de El callejón de las almas perdidas (2021) que extorsiona a sus pacientes ricos, o el terapeuta que resulta ser un enemigo más en Beau tiene miedo (2023).

Pero ese tropo del terapeuta villano parece haber evolucionado hacia algo más matizado. Los cineastas han comprendido que estos profesionales no son salvadores inmaculados al estilo de Robin Williams en El indomable Will Hunting, sino seres humanos con sus propias grietas. La propia Bronstein señala que los terapeutas no son «perfectos». En su película, la jefa y analista del personaje de Byrne, interpretada por Conan O’Brien, tampoco puede estar ahí para su paciente porque él también carga con sus propios problemas, generando una cadena infinita de terapeutas frustrados.

Lo que une a todos estos nuevos terapeutas en crisis es que habitan el terreno del terror. Los mundos sobrenaturales que construyen estos cineastas funcionan como espejo de los patrones mentales negativos de sus protagonistas: un laberinto de memoria alterada en Backrooms, un agujero en el techo lleno de amianto en If I Had Legs I’d Kick You, un demonio que se alimenta de trauma en Smile o una hipnosis siniestra en A Private Life. La atmósfera de claustrofobia y angustia no es gratuita: amplifica el colapso interior de quien debería tenerlo todo bajo control.

Y ahí reside el miedo más profundo que articulan estas películas. Si todo el mundo carga con su propio bagaje emocional, ¿hasta qué punto puede un terapeuta estar realmente preparado para gestionar los problemas ajenos? Mientras persista el escepticismo sobre la terapia como solución infalible, no sorprende que esas ansiedades encuentren su reflejo más perturbador en la pantalla.

Connect