Pierre Coffin, el director y voz de los Minions en prácticamente todo el mundo, ha respondido a una tanda de preguntas de los fans con la misma mezcla de humor absurdo y honestidad que caracteriza a sus criaturas amarillas. Las respuestas van desde la filosofía minion hasta los plátanos, pasando por el cine de los años veinte y los memes más perturbadores de internet.
Una de las preguntas más recurrentes entre los seguidores es si alguna vez veremos una Minion hembra. Coffin no cierra la puerta del todo, pero tampoco parece convencido: «Creo que una Minion hembra sería el principio del fin». Según él, el estudio querría hacerlo pensando que agradaría al público femenino, pero intuye que podría resultar un gesto vacío. «Si yo fuera mujer, me parecería un tokenismo», afirma. Eso sí, confiesa que en su cabeza las Minions hembra tendrían exactamente el mismo aspecto que los machos. Y sobre cómo se reproducen: no lo hacen. Simplemente existen.
¿Y viven para siempre? Sí. Así de rotundo. Los Minions no envejecen, aunque Coffin admite que a veces los dibuja así por diversión. «Queda muy raro», reconoce.
La nueva película, Minions & Monsters, retrocede varias décadas en el tiempo para situar la acción en los albores del cine como industria. Coffin explica que desde el momento en que le propusieron hacer una película en la que los Minions rodaran una película, le pareció perfecto ambientarla en esa época que todos olvidan: la del cine mudo, Fritz Lang y Michael Curtiz. «Me encantan las coreografías elaboradas y los planos secuencia. Hay guiños a Harold Lloyd, Buster Keaton y Chaplin», cuenta. La idea es sugerir, con humor, que algunas escenas icónicas de la historia del cine lo son gracias —o por culpa— de los Minions.
En cuanto al Minionese, ese idioma incomprensible y adictivo, Coffin reconoce sentirse «un poco fraude». No tiene estructura lingüística real. Funciona por melodía: si es una pregunta, suena a pregunta; si es un chiste, tiene el ritmo de un chiste. A eso se le añaden palabras sueltas, nombres de cantantes famosos o platos de comida india, simplemente para darle gracia. «A veces cambiamos escenas enteras porque no encuentro la melodía correcta. Por eso las películas tardan tres años», admite. Una vez terminadas las imágenes, graba tres semanas de audio en su casa, ajustando palabras para evitar que, en algún idioma, los Minions digan accidentalmente un insulto o nombren alguna parte del cuerpo inapropiada.
Sobre los plátanos —el gran símbolo de la saga— Coffin confiesa que no es especialmente fan. «Como un par al mes. Hay otras frutas, y a veces prefiero una ensalada.» Pero reconoce que elegirlos como obsesión de los Minions tenía toda la lógica del mundo: el color. Y esa practicidad tan particular de venir con su propio envoltorio.
Coffin también defiende la individualidad de sus criaturas frente a quienes las ven como una masa indistinguible. Kevin representa la autoridad, Stuart la distancia, Bob la ingenuidad. Y luego está Otto, ese tipo al que preguntas «¿qué tal?» y te suelta su vida entera durante quince minutos. «Tienen alma», insiste Coffin. «No son cosas. Son individuos.» Él mismo se identifica más con Stuart: tocan los dos el ukulele y aspira, dice sin una pizca de ironía, a ser un nihilista francés.
Respecto a los memes —esos universos paralelos y a veces inquietantes que los fans han construido alrededor de los Minions—, Coffin lo acepta con filosofía. «A veces son muy graciosos, a veces muy perturbadores. Pero me parece bien que la gente los haga suyos y que formen parte de la cultura popular.» Lo que ya no acepta es más merchandising en casa: pidió que dejaran de enviarle artículos hace tiempo. Aunque hay una excepción que conserva con cariño: una pistola de pedos evolucionada que emite un vapor con olor a plátano. «Me encanta. Es muy chula», concluye.