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Cine

‘Bound’ (1996): la película lésbica que el cine nunca ha superado

El debut de las hermanas Wachowski sigue siendo, casi treinta años después, la representación más honesta y ardiente de la erótica lésbica en pantalla.

Hay películas que te reconcilian con el mundo aunque no sean, en principio, lo que nadie llamaría un feel good movie. Bound, el debut en la dirección de las hermanas Wachowski, estrenado en 1996, es exactamente eso: una obra que provoca mariposas en el estómago con la misma intensidad que una primera vez.

La premisa es sencilla y cargada de tensión: Corky, fontanera recién salida de prisión, y Violet, amante de un mafioso. Sus miradas se cruzan en un ascensor y el aire se vuelve irrespirable. Lo que sigue es una historia de atracción de opuestos tan familiar como electrizante, envuelta en un thriller criminal que sirve de excusa para explorar una de las relaciones más convincentes que ha dado el cine de género.

Gran parte de lo que hace funcionar la película es la química imposible de fingir entre sus dos protagonistas. Gina Gershon encarna a Corky con una masculinidad contenida y un smirk que anticipa directamente a Shane de The L Word. Solo un año antes había bordado a la villana Cristal Connors en Showgirls, lo que hace aún más llamativo el giro radical que supone este personaje. Jennifer Tilly, por su parte, construye a Violet como una muñeca de porcelana con acero en la columna: toda la seducción en la superficie, toda la determinación por debajo.

La puesta en escena bebe directamente de la mirada sáfica: primeros planos de las manos de Corky trabajando con tuberías, la cámara recreándose en cada detalle con una lentitud calculada. Todo está rodado desde una perspectiva que rara vez se ve en el cine de los noventa, y que sigue siendo escasa hoy. El resultado es una masterclass de erotismo lésbico que, paradójicamente, protagonizan dos actrices que en aquel momento no se identificaban públicamente como queer.

El argumento criminal —robar dos millones de dólares a la mafia y cargarle el muerto al novio de Violet— es casi lo de menos. Lo que importa es la dinámica entre ambas: la masc y la femme, la desconfianza y el deseo, la lealtad puesta a prueba. Hay un momento en que Corky duda de si Violet realmente es quien dice ser, o si la abandonará en cuanto tenga ocasión. Es un arco algo desgastado, pero la película lo supera con creces.

Hay además una capa de lectura que el paso del tiempo ha hecho más rica. La película traza un paralelismo entre la condena de Corky —años entre rejas— y la «sentencia» de Violet: años viviendo como lesbiana encubierta en relaciones heterosexuales por supervivencia económica. El final las libera a las dos: una del sistema penitenciario, la otra de la heterosexualidad obligatoria.

Las Wachowski, ambas mujeres trans y lesbianas, no estaban fuera del armario en el momento del rodaje. Aun así, tuvieron el valor cinematográfico de retratar el placer, la picardía y la complejidad de las relaciones sáficas con una honestidad que el cine posterior, con toda su supuesta representación queer, raramente ha igualado. Casi treinta años después, Bound sigue siendo la prueba en pantalla de que ese tipo de amor existe, arde y merece ser contado.

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